SUPERCOPA
Al azar

La escuela de Pérez-Reverte

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Matías Vallés Junto al rosario de calamidades monetarias, la mitad declinante de 2012 ha aportado tres excelentes libros de aventuras al escaparate. Arturo Pérez-Reverte ha publicado El tango de la guardia vieja, Albert Sánchez Piñol ha entregado el enciclopédico Victus con un aclaratorio «Barcelona 1714», y Lorenzo Silva ha remachado su particular visión de la Guardia Civil en La marca del meridiano. Al margen de componer una trilogía de recomendaciones navideñas infalibles, su parentesco literario permite entroncarlos en la escuela de Pérez-Reverte, donde no sólo la edad sitúa al antiguo reportero de guerra como el soporte genealógico de un enfoque desgarrado y meridional de la existencia.
En la escuela de Pérez-Reverte, el lector militante compagina la diversión con el regusto de haber asistido a unos ejercicios espirituales. En el triduo que ahora confluye en las estanterías, el patrocinador del grupo crea en el personaje del amoral Max Costa a un sucedáneo del capitán Alatriste que pelea sin bandera. Sánchez Piñol recrea a un capitán Alatriste cuya pusilanimidad no le impide participar simultáneamente en el asedio y la defensa de la Barcelona tomada por los franceses de Felipe V, en la figura del ingeniero militar Martí Zuviría. Finalmente, Silva aborda en la séptima entrega de su fetiche Bevilacqua a un capitán Alatriste que sólo llegó a brigada. Los tres antihéroes cabalgan bajo el emblema de «don nadie», por recurrir a la definición que el patriarca de la dinastía asigna a Max Costa.

La crisis ha familiarizado a la sociedad con el género de catástrofes, y las tres novelas emparentadas combaten la desesperación desde las trincheras del alivio o la resignación. Señalan la actitud ante la adversidad, tan alejada de la abulia de Rajoy como de la ingenuidad de Zapatero. Corresponde a otros diagnosticar a una sociedad que busca guías en sus guardias civiles antes que en sus gobernantes. El resumen ético de la trilogía está firmado por Silva en La marca del meridiano. «Me aferraría al arma, que era mi deber y la necesidad de cumplirlo a todo trance, y contra todos, empezando por mí mismo. El hombre y la mujer postmodernos tienden a olvidarse de esa herramienta fundamental de supervivencia. Por eso se ve a tantos de ellos llorando en las cunetas, desbaratados a la primera adversidad».

El adentramiento en los significados no debe despistar sobre la ligereza de tres novelas con una envoltura o desenvoltura folletinesca. Y que también van cargadas ideológicamente, aportando lecciones para la España contemporánea desde la discrepancia política. Así, Silva gana el Planeta con una narración que desde su mismo título remite al hermanamiento de Madrid y Barcelona. Combina su trama de asesinatos y corrupción con la firme voluntad de deshacer malentendidos geográficos. El editor Lara se ha propuesto frenar por sí solo la independencia de Cataluña, que le obligaría a emigrar. El empresario ha encontrado un eficaz vehículo literario de apaciguamiento, donde tal vez se cita a la próxima receptora del galardón, otra escritora de consenso castellanocatalán. Con un enfoque estilístico similar, Sánchez Piñol promueve por contra la secesión desde la mayor humillación catalana. Su personaje no vislumbra reconciliación posible, y su perspectiva madrileña ahonda en los sarcasmos de la espléndida Riña de gatos de Eduardo Mendoza, también premiada con el Planeta para que todo quede en casa. El resabiado Pérez-Reverte se sale del terreno de juego para componer un relato cosmopolita, donde se concluye que el español sólo se reconoce en el exilio.

Gracias a la civilización del ocio, nadie tiene tiempo para leer tres libros, lo cual obliga a aportar pistas para el discernimiento. Aunque esta conclusión enfurezca a los autores respectivos, cada novela podría estar firmada por otro miembro del terceto, pues comparten el orgullo de los practicantes de la literatura de dispersión. Aplicando el criterio del esfuerzo en la construcción de la obra, Victus supone el empeño más meritorio. Pone a prueba la resistencia de sus ingredientes, sin llegar al límite de ruptura. Los materiales de aluvión de El tango de la guardia vieja le otorgan la segunda posición. La marca del meridiano cierra la lista, porque Bevilacqua es para Silva otra forma de respirar. El único reproche conjunto a la escuela Pérez-Reverte es la obsesión por agigantar un envejecimiento que todavía no pertenece a sus personajes, una manía gerontológica que adquiere tintes preocupantes en el fundador de la dinastía. Claro que el escritor es un señor que descarga sobre sus lectores el paso del tiempo.

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