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La última mirada

El milagro navideño de mi amigo

En un panorama de negocios en ruina, desahucios, colas en los comedores sociales y demás miserias es difícil creer en los milagros. Pero existen, se llamen como se llamen

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Susana Fernández Tengo un amigo para el que la Navidad ya ha comenzado. No se ha visto deslumbrado por las luces de la calle Larios, que ya no son lo que eran por mor de los recortes, ni anda por ahí cantando villancicos antes de tiempo. Tampoco es que se haya lanzado a comprar poseído por el espíritu consumista de las fiestas. Por increíble que parezca ha sido protagonista de un milagro navideño: su casero le ha bajado el alquiler. Habrá quien piense que mi amigo se ha pasado situando el gesto en el capítulo de los milagros. Los más incrédulos dirán que como mucho el dueño del piso es buena gente y ya está. Pero para mi amigo no hay duda: se trata de un milagro de la Navidad y no porque su casero sea un Mr. Scrooge transformado ahora en feliz duendecillo. Simplemente, la cosa está fatal y que te bajen el alquiler para echarte un cable es algo que no se ve todos los días. En un panorama de negocios en ruina, desahucios, colas en los comedores sociales y demás miserias no abundan los gestos de este tipo. Tampoco conviene esperar que los gobernantes sean quienes los protagonicen por mucho que sean conscientes de la difícil situación, como gustan llamar a todo un drama. Desde sus sillones y despachos, los políticos se refugian aún tras sus baterías de medidas, planes urgentes y actuaciones coordinadas que casi siempre acaban descoordinándose. Las intenciones suelen ser buenas, pero tardías y muchas veces ineficaces.

Tampoco es que tengan ni puedan ser los ciudadanos, como un anónimo casero, los que solucionen el cerro de problemas. Pero por eso mismo no puedo denominar nada más que como pequeños milagros historias como la de mi amigo o algunas otras que merece la pena contar. Como la de Francisco Alba y su familia, unos rondeños a los que los Reyes Magos han visitado esta semana por anticipado. Un acto vandálico les dejó sin su medio de vida, el quiosco que regentaban y que ya se veían incapaces de reconstruir por falta de medios. Un programa de la tele ha sido el intermediario, pero los andaluces que han aportado entre todos los 8.000 euros que necesitaban son los verdaderos protagonistas de este cuento solidario.

Otra historia casi increíble es la de Eugenio Carmona, un jubilado que ha tomado una decisión valiente y comprometida. Ceder una vivienda de su propiedad en Vera (Almería) a una familia desahuciada. «Son las personas las que en este momento de medidas injustas del Gobierno pueden hacer cambiar la sociedad», dice Eulogio. Un mensaje con un componente de indignación, pero que sobre todo invita a actuar, a no quedarse de brazos cruzados. Como también ha hecho un empresario de la construcción madrileño que alquila pisos a 50 euros para desahuciados.

La Navidad se acerca con clásicos como la huelga de Iberia y los mensajes del Rey y los políticos, que este año lo tienen difícil para captar a una audiencia cansada de palabras huecas. Ya hay incluso quien ni escribe carta a los de Oriente, sabiendo que con la crisis tal vez se queden por el camino. El desánimo cunde. Pero aún hay milagros, buenas acciones, gestos solidarios o como quieran llamarse que animan a seguir adelante.

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