Siete días

Matanza en Connecticut

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Jorge Hernández Mollar La horrible tragedia que ha provocado la matanza a manos de un joven de 24 años en EEUU en un colegio de Connecticut, ha vuelto a conmocionar al mundo entero que, en estos últimos años, se ve zarandeado por una ola de violencia verdaderamente grave y preocupante.
Bob Herbert comentarista del New York Times, subraya la facilidad para adquirir armas. «Sin contar los muertos en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, desde principios del siglo XXI han sido asesinados más de 150.000 norteamericanos» Y concluye: «Si de verdad quisiéramos detener la mortandad, tendríamos que hacer dos cosas». La primera es «restringir drásticamente las posibilidades de conseguir armas». La segunda es «empeñarse en cambiar esta cultura que glorifica y adopta la violencia como espectáculo, y la considera una respuesta adecuada y eficaz contra lo que nos molesta».

Estas acertadas reflexiones en el contexto de una sociedad, que como la norteamericana, ha contemplado ya desde 1966 ocho matanzas masivas en universidades, escuelas, restaurantes o salas de espectáculos no parece haber hecho mella en las autoridades, clase política o entre los propios miembros del Tribunal Supremo que mantienen el derecho y la legislación que permite que los ciudadanos posean 100 millones de armas de los 300 millones que se calcula circulan por el país.

Ni las desesperantes lágrimas de unos padres desconsolados ni el horror que se refleja en cientos de millones de ciudadanos de todo el mundo cada vez que contemplamos esas escenas dantescas parecen hacer reaccionar a unos dirigentes políticos o autoridades judiciales que sobreponen la libertad individual y la presión de fabricantes y aficionados, como el potente lobby NRA (National Rifle Assosiation), al interés general.

Pero no nos engañemos, este fenómeno no es exclusivo de la sociedad estadounidense. Europa también se vio convulsionada por la terrible matanza en la nación del Premio Nobel de la Paz, cuando Anders Behring, armado hasta los dientes, asesinó salvajemente a 93 personas en Oslo, atentando contra un edificio del gobierno y un campamento juvenil en julio del 2011. Según declaró entonces deseaba «cambiar la sociedad»… sin comentarios.

Pero si la posesión de un arma sin ningún tipo de autorización, vigilancia o control ya supone por sí misma un riesgo evidente, lo es aún más la segunda denuncia que Bob Herbert hace en el New York Times: la violencia cultural. Necesitamos cambiar la cultura que «glorifica la violencia como espectáculo».

Del espectáculo de la violencia o de la violencia como espectáculo tenemos sobrados ejemplos. Cine y televisión se reparten hoy salas y hogares donde filmes y series están argumentados sobre el uso de todo tipo de armas sofisticadas, crímenes, asesinatos, actos terroristas etcétera. Hay debates y espectáculos televisivos donde el griterío, los malos modos, las amenazas e incluso la violencia física parecen ser la respuesta habitual entre contertulios.

El mundo del deporte no está exento desgraciadamente de este peligro. En los campos de fútbol, por ejemplo, en determinados encuentros llamados de «alto riesgo» se aíslan a los aficionados del equipo visitante, como leones enjaulados, para que puedan ser controlados por las fuerzas de seguridad. Ello sin contar con que algunas zonas de la ciudad, que acoge el evento deportivo, se conviertan con frecuencia en campos de batalla entre policías y alcoholizados «aficionados» que despliegan toda su potencial violencia contra personas, comercios y mobiliario urbano.

El ámbito familiar o el educativo tampoco escapan a esta dramática pandemia de finales y principios de siglo. Precisamente donde hay que combatir los efectos es donde paradójicamente se encuentran algunas de sus causas. Ambientes familiares desestructurados o sistemas educativos de poca calidad y rigor suelen conducir a frustraciones, desequilibrios y reacciones violentas de nuestros jóvenes.

Este es el afán de quienes tenemos la obligación de enfrentarnos a una realidad que exige una profunda reflexión para combatir un fenómeno que, como la violencia, encuentra su raíz en la misma naturaleza del ser humano. Padres, educadores, sociólogos, autoridades e incluso los propios medios de comunicación, tan influyentes hoy en la sociedad actual, estamos obligados a reaccionar.

Como decía Martin Luther King, «guardarme de la violencia, ya se exprese mediante la lengua, el puño o el corazón». Sabias palabras de quien fue, trágicamente, una víctima más de quienes solo cultivaban la violencia en sus lenguas, en sus puños y en sus corazones…

[Jorge Hernández Mollar es subdelegado del Gobierno en Málaga]

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