Crónicas galantes

La maldición del Códice

 05:30  

Ánxel Vence Mucho más enigmática y a la vez real que la del Código Da Vinci, la maldición del Códice Calixtino acaba de costarle el cargo al deán de los canónigos de Santiago, catedral del Apóstol. José María Díaz, que así se llama el prioste, adujo razones personales para dimitir, después de que se desvelase su relación de confianza con el electricista al que se acusa del robo del Códice y de limpiar un par de millones de euros depositados por la feligresía en los cepillos de limosnas.

El caso del Códice perdido en el templo y recuperado en un garaje parece exigir la pluma de una Agatha Christie o de un Georges Simenon –infelizmente ya fallecidos- para sacar de ahí un best-seller real como la vida misma.

No falta en este asunto ninguno de los ingredientes típicos del género. La necesaria dosis de intriga la pone el propio cabildo de la catedral, donde al parecer abundaban las diferencias y maquinaciones hasta el punto de que la policía barajase en su informe la hipótesis de una venganza como móvil del robo.

A ello hay que añadir aún la singular relación de amistad entre el deán y el electricista que en apariencia permitió a este último moverse con entera libertad por el templo. Tanta era esa facilidad de circulación que el acusado Manuel Fernández Castiñeiras podría haberse hecho con un capital de dos millones de euros en efectivo sin más que cepillarse el contenido de los cepillos de dádivas. El vaciado de huchas se habría producido casi a diario durante más de una década sin que el deán –o cualquier otra autoridad eclesiástica- advirtiese merma alguna en la recaudación, de lo que se deduce que esta debe de ser extraordinariamente cuantiosa.

Más allá de esos detalles de orden financiero, el próximo juicio al que será sometido el electricista infiel podría arrojar nuevas luces sobre su amistad con el deán, que el acusado aspira a conservar una vez resuelto el caso. Tal vez entonces se aclare si es cierto –como se dice- que Castiñeiras llegó a amenazar a su superior y amigo con tirar de Dios sabe qué manta o si meramente se trató de una fabulación urdida por su fantasioso caletre.

Fantástico resulta, en cualquier caso, el último móvil argüido por el chispas de la catedral, que atribuye el robo a una operación de marketing perfectamente planificada para sacarle beneficio al hasta entonces casi desconocido Códice. De ser así, no hay la menor duda de que la maniobra publicitaria se ha visto coronada por el más grande de los éxitos.

Así lo demuestran los miles de turistas que hicieron –y seguirán haciendo- largas colas para ver un libraco de cuya existencia no tenían la menor noticia antes de que el hurto convirtiese al Calixtino en una atracción casi tan célebre como el botafumeiro. Parece lógico que fuese un electricista el que sacase a la luz el Códice, al atraer sobre el Liber Sancti Jacobi los focos de la tele y el interés de los medios de comunicación de medio planeta.

Gracias al suceso, que acaso no fuera posible de no existir la confianzuda relación entre el deán y el electricista, el Códice que tan solo importaba a algunos investigadores pasó a adquirir un notable interés turístico del que antes carecía, con los réditos que eso traerá sin duda a las arcas del cabildo de Santiago y a las de Galicia. Solo es lástima que los jueces puedan no valorar como es debido estos efectos inesperadamente benéficos de la amistad.

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