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Siete Días

´Los miserables´... entre el crecimiento y el déficit

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Javier Noriega Hemos llegado al 22% de pobreza en nuestro país, es decir que uno de cada cuatro españoles es pobre. Con estos números, posiblemente muchos de ustedes se habrán sorprendido al ver a otros malagueños buscando comida en los cubos de basura alguna vez, así como guardando colas para que les dé alimentos quien se apiade de ellos. Eso en castellano «claro, clarinete» se llama «carestía y limosna», palabra muy recurrente en este país en el que «tan bien sabemos distribuir y gestionar la riqueza a lo largo de nuestra historia». Y es que la tasa de desempleo en España es la más alta de todos los países que forman la UE-27, a gran distancia de la media de este conjunto de países (9,7%). Al hilo, curiosamente en estos días se estrena Los Miserables, obra cumbre de Victor Hugo que por su contenido parece describir perfectamente lo que es el hoy y lo que parece que será el mañana más inmediato de nuestra tierra; la falta de trabajo y ética, la corrupción y la ineficiente ley, la política y la injusticia, la escasez de incluso comida y salarios ridículos, la incertidumbre y las falsas promesas. Estos son los temas de la obra, curiosamente en un entorno de incipiente desarrollo industrial y económico. Como el propio escritor sentencia en sus páginas en relación a los que sufrían esta pobreza «Ellos son los miserables, los parias, los desamparados». Pero claro, esto lo sentenciaba hace casi 200 años cuando aún se las tenían con el antiguo régimen y las carrozas, no con los AVE ni los Estados democráticos de bienestar. (Por cierto que en estos días se aprobaba la constitución egipcia que también se «arroga» de ser estado democrático, ¿será también de bienestar?). Qué lejos parecían las escenas de estos clásicos que por ser tan antiguos para muchos imaginaban que eran fantasías propia de esa cosa llamada literatura (tan real como la vida misma). Pero qué cercano cuando vemos las colas de personas diarias ante los Ángeles de la Noche, los bancos de alimentos, la Cruz Roja o Cáritas, que afortunadamente están ahí. En aquella época de No Democracia se llamaban el hospital de los inválidos o las monjas de la Caridad los que daban un poco de calor y esperanza a esos oprimidos que eran el tema principal de la obra de Victor Hugo. Y es que la falta de aspiraciones, las dificultades para insertarse en el mecanismo social, hace que la pobreza en las sociedades avanzadas parezca aún más frustrante que la pobreza material de esa sociedad tradicional de los «Miserables». La sensación de fracaso es aún mayor cuando en sociedades como la nuestra, que se encuentra en un entorno desarrollado europeo, se desayuna diariamente junto a la «valoración del éxito» y no el desahucio y el lacerante desempleo.

La «deshumanización de nuestra sociedad» aisla cada vez más al individuo, que desconfía casi de todo, (para empezar de esa haute politique, en donde nuestros ciudadanos desconfían y la definen como «muy mala» en un 73,2%, cortesía del CIS, lo que significa la cota más alta de la historia de la democracia), frente a una estructura autonómica, local, estatal o sideral, que dificulta (sí, dificulta, pues esto no es un país de oportunidades como bien saben los emprendedores, sino más bien lo contrario) la solución de sus problemas, impidiéndole en muchos casos el ejercicio de su libertad, el de gobernar su propia vida, dominar su medio inmediato y respetar los análogos derechos del prójimo.

Los Miserables, una defensa de los oprimidos, vivan en el lugar y momento histórico que vivan debería ser cosa del pasado. Y es del presente y del futuro. Va por el 22% y sigue al alza. Eso sí, para el segundo semestre del 2013 se solucionarán las cosas según la haute politique. Ya nos gustaría ver esos indicadores a los que estamos al pie del cañón con las pymes que son la solución a esta crisis económica. Ya nos gustaría.

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