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El ruido y la furia

Orgullo y rebeldía

Si ante la injusticia que vivimos día a día reaccionásemos con la misma rapidez, indignación y fuerza que cuando al equipo de fútbol local lo quieren expulsar de las competiciones europeas las cosas nos irían de otra forma

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Juan Gaitán Se nos ha venido encima el fin de año y hay un no sé qué en el ambiente que no presagia nada bueno. Acaba el fatídico 2012 y empezamos a suponer que el 2013 no traerá nada mejor. Será que nos hemos instalado en la tristeza, con su pesadez de arena. Será que arrastramos el pesimismo y el convencimiento de que poco o nada va a mejorar, y es cierto que todo tiene mala pinta, que el paro sigue creciendo y nuestros derechos sociales continúan mermando, que hoy ganamos menos que ayer pero es posible que un poco más que mañana, que subir la cuesta del fin de mes se hace cada vez más duro, que a nuestros viejos siguen tocándoles las pensiones con maneras sibilinas, haciéndoles pagar las medicinas, subiéndoles el coste de la vida y no compensándoles por ello, que a la gente siguen echándolas de sus casas y los bancos acumulando un stock inmobiliario del que no podrán deshacerse en décadas, que cada día nos enteramos de un nuevo caso en el que un político ha colocado a la parentela en alguna empresa pública o ha trincado las pasta y se la ha llevado a un paraíso fiscal o las dos cosas al mismo tiempo. Todo eso es verdad, pero también es cierto que debemos hacer un esfuerzo y levantar la cabeza.

Es preciso apelar a nuestro orgullo y también a nuestra rebeldía. Si no nos gusta lo que hay es el momento de cambiarlo. Habremos de exigir más a los políticos, reclamar la promulgación y el cumplimiento de leyes que expulsen de una vez y para siempre a toda esa caterva de aprovechados, de sinvergüenzas, de mangantes, que han emporcado la vida pública española. En ese proceso de limpieza nos jugamos mucho, porque todo este descrédito de los políticos no hace sino abonar el terreno para la llegada de una salvapatrias que en cuanto nos descuidemos nos ponga a marcar el paso. Hay que andarse con cuidado con estas cosas, que la experiencia debería servirnos para algo.
Si ante la injusticia que vivimos día a día reaccionásemos con la misma rapidez, con la misma indignación, con la misma fuerza con que nos alineamos cuando al equipo de fútbol local lo quieren expulsar de las competiciones europeas las cosas nos irían de otra forma. Está bien eso de apoyar al club de tu tierra, pero transformarlo en un símbolo patriótico, en algo intocable y sagrado, con la que nos está cayendo encima, es cuando menos muy discutible y dice mucho de qué modelo de sociedad hemos construido entre todos y hasta dónde vamos a llegar si seguimos haciendo las cosas de la misma forma.

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