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A media voz

La botella

 05:00  

Jesús Aguado Ahora que se termina el año todo el mundo se pone a hacer balance del 2012. El rey, el presidente del gobierno, los líderes de la oposición, etc. Hacen balance usando palabras retóricas, argumentos con doble fondo, caras de circunstancias. Hacen balance mintiendo con un descaro creciente justificado por la impunidad legal y electoral y moral de la que en este país disfrutan las mentiras. Hacen balance manipulando los datos y manipulando la realidad, dos asuntos que estorban a los políticos profesionales, que lo son precisamente porque son expertos en hacer malabarismos con los datos y porque no creen en la realidad cuando se da el caso, bastante frecuente, de que la realidad no crea en ellos. Hacen balance con ventiladores (esparciendo la basura por doquier), con embudos (para los nuestros la parte ancha, para los demás la parte estrecha), con piedras en los bolsillos (por si hay que pasar de la guerra encubierta al enfrentamiento a cara descubierta), con antifaces (a ver si nos convencen de que esto no es una crisis sino un carnaval), con maletines (si la cosa se pone peor siempre les quedará el recurso de la fuga a un paraíso fiscal).

No sé por qué escuchamos esos balances que hacen, no para resumir lo que ha sido el año según la perspectiva de sus respetivos negociados, sino para robarnos por enésima vez la alegría de vivir en un país honesto regido por personas honestas con discursos honestos que hacen honestamente todo lo posible por mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos de a pie y no solo, como comprobamos día sí y día también, la de los ciudadanos privilegiados. Porque esos balances son, por lo general, y con excepciones mínimas, otra manera de llamarnos tontos, otra manera de desahuciarnos de nosotros mismos, otra manera de burlarse de la evidencia y de las necesidades de la mayoría. Son, además, otra manera de mantener y justificar sus privilegios, algo que consiguen con la magia hipnótica de sus medias verdades, de sus ocultamientos interesados, de la generalizada y también en aumento insensibilización de los poderosos por los miembros de las capas más desfavorecidas de la sociedad.

En esos balances la botella está medio llena para los que mandan (en esto no importan las siglas sino el cargo) y medio vacía, o vacía del todo, para los que son mandados. Dos botellas en una que recuerda el misterio de la santísima trinidad, que también proclamaba que dios era tres y uno al mismo tiempo. En este caso, por modestia teológica, la botella se desdobla sin atreverse a triplicarse (todo se andará si seguimos caminando por esta senda falaz y oscurísima), pero ese desdoblamiento es suficiente para confundir a las personas de buena fe, que miran la botella número uno (la medio llena) y la botella número dos (la medio vacía) sin saber cuál de ellas es cierta y cuál un espejismo. Y no es que, como expresa la moraleja de este dicho, unos sean optimistas y otros pesimistas: es que los actores de estos balances se han puesto de acuerdo, un acuerdo tácito que no precisa de reuniones o documentos escritos, para beberse la botella ellos sin contar con ninguno de nosotros. No se dejen engañar: por mucho que parezcan contradecirse y agredirse verbalmente, todos ellos hacen balance para brindar por la suerte que tienen de estar donde están, en la cúspide de la política, de los negocios y de la vida. Se pasan la botella de mano en mano mientras fingen que se interesan por nosotros.

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