A renglón seguido

El periodismo necesario

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Juan Antonio García Galindo Sin duda, el periodismo es necesario. Nadie lo cuestiona, a pesar de que muchos lo ignoran. Pero me refiero al periodismo de siempre, a ese que nos permitió en nuestro país salir del silencio informativo del franquismo y contribuyó a traer la democracia. Me refiero a ese periodismo comprometido con las libertades y con el pluralismo, que sirvió de aglutinante social y cultural en el proceso de construcción democrática. Me refiero a ese periodismo bien hecho, de calidad, reconocido socialmente y con prestigio. Me refiero a ese periodismo que creía en el compromiso social y que defendía la veracidad y el rigor informativo, y los anteponía a otros intereses mercantiles o políticos. Por suerte, aún quedan medios de comunicación, como La Opinión de Málaga que acoge esta columna, que sigue creyendo en esos valores del periodismo necesario.

Sin embargo, los tiempos que corren no son buenos para la información libre, veraz e independiente, y no solo por las dificultades que entraña el ejercicio de toda libertad, sino por el escaso valor que nuestras democracias están atribuyendo al periodismo, y por la equivocada gestión que de éste están llevando a cabo muchas empresas de comunicación.

Por una razón u otra, el periodismo en esta segunda década del siglo XXI sufre una de sus mayores amenazas. En los últimos años se ha escrito mucho sobre esto, pero no parece haber calado en los proyectos de nuestros gobernantes ni de nuestros empresarios, que asisten o participan de un juego macabro que puede conducir a la muerte del periodismo. Porque el periodismo morirá si la democracia no lo protege, y ésta cavará asimismo su propia tumba porque sin periodismo no hay democracia.

Coincidíamos hace solo unos años en la importancia de la prensa y de los medios de comunicación, en su vinculación con la democracia, en su consideración de cuarto poder, en su influencia social, en la admiración hacia los grandes periodistas y profesionales de la comunicación, en la honorabilidad y prestigio de la profesión periodística, pero en poco tiempo toda esta imagen se ha derrumbado ante nuestros ojos casi sin darnos cuenta. Ahora, por el contrario, el periodismo carece de credibilidad, la precariedad es la principal característica de la profesión, el reconocimiento social es escaso, como lo es el valor de la función que desarrollan los periodistas.

Y esta imagen negativa que se proyecta del periodismo y de los periodistas aún parece no haber tocado fondo. La destrucción de puestos de trabajo, la proletarización de los periodistas, el cierre de medios de comunicación, siguen produciéndose y se presentan como consecuencia inevitable de la doble crisis que afecta al periodismo; la económica, derivada de la crisis general, y la tecnológica, que obliga a su reconversión. Pero estas causas son en muchos casos un pretexto para transformar radicalmente la estructura de un sistema informativo que aún responde a un modelo de servicio público (el periodismo lo es) que garantiza el derecho a la libertad de información, y que está basado en unos medios públicos o privados que gestionan dicho servicio, y en unos profesionales formados para ello.

Sin embargo, siempre fue esta una profesión aquejada de un complejo secular, porque su cercanía al poder político o económico le ha impedido reconocer sus propias carencias. Flaco servicio ha hecho también esa élite de los periodistas en la que se quería ver reflejada el conjunto de la profesión, pero que nunca supieron, ni aún hoy saben, que el prestigio de la profesión no venía de su mano, de la existencia de periodistas mediáticos e influyentes, sino de la fortaleza de la profesión, de la defensa de sus derechos y del prestigio colectivo. Pero el individualismo de esos profesionales, y el actual sálvese el que pueda, han impedido la creación de movimientos organizados verdaderamente sólidos, al menos en nuestro país, capaces de hacer frente con eficacia a las injusticias laborales y profesionales a las que en muchas ocasiones se les ha sometido, razón además por la cual el poder político sigue sin atender unas demandas que son legítimas y necesarias para regular el sector, y prefiere no enfrentarse a los grandes lobbies, que están impidiendo realmente la democratización de la comunicación. No quiero decir con todo esto que la labor realizada por las Asociaciones de la Prensa y por los Sindicatos de Periodistas en la defensa del periodismo y de los periodistas haya sido irrelevante, antes al contrario, pero sigue siendo insuficiente.

Es cierto que lo que ocurre en España no tiene parangón en Europa, la falta de derechos laborales es mayor aquí que en casi ningún otro sitio, al menos en los países de nuestro entorno. Solemos creer que la precarización laboral de los periodistas, la ausencia de estatutos profesionales, la disminución del pluralismo informativo, o de la calidad de los contenidos, es lugar común que se produce por igual en nuestro entorno europeo. Y no es así, sencillamente porque la tradición democrática de los países de nuestro entorno es mayor, con la excepción de Portugal, y la protección de los derechos de estos profesionales ha sido mejor salvaguardada.

Nuestra particular burbuja, otra burbuja más, nos impide conocer la realidad de este problema con una mirada más global. Es cierto que lo que actualmente pasa en España está contribuyendo a la toma de conciencia de los periodistas, y que las asociaciones y los sindicatos están haciendo una labor de denuncia muy importante que tiene que ser seguida por el colectivo profesional con el objetivo de rearmar con argumentos a esta profesión tan importante para la supervivencia de la democracia. Parafraseando a Gabriel Celaya, el periodismo sigue siendo un arma cargada de futuro, pero no cualquier periodismo sino el periodismo necesario como el pan de cada día.

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