Cartas al director

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Esa es la copia, gracias
Es curioso, un día te despiden del trabajo y tu vida comienza a dar un giro de 180º. Toda tu vida has vivido como has querido, no lo llamemos por encima de tus posibilidades pero sí al límite de ellas. Vives bien porque puedes y sabes que a ti no te va a pasar eso que a otros les ha pasado, que si mañana no tienes trabajo no pasa nada porque ya encontrarás otro al momento. Pero ese día llega, se te comienzan a derribar los cimientos de tu vida, esa vida que tanto te costó tener y que olvidaste que también hay que proteger. Ya no hay cenas de empresa, ni fines de semana viajando sin pensar en lo que costará todo, ya no hay coches aparcados en garaje sin apenas darle uso, ya no hay más casas en la playa ni si quiera tienes la seguridad de poder seguir viviendo en la que te queda.

Ese día llega, y más en la España que nos ha tocado vivir. Lo curioso es que te comienzas a plantear miles de cuestiones acerca de cómo has podido llegar a esa situación, pero sinceramente no hay que buscar mas allá de donde no hay nada. Todos podemos llegar a situaciones como las que a día de hoy están viviendo miles de familias, familias que nunca pensaron que les iba a pasar y que a día de hoy se ven empujados por la necesidad de acudir a entidades sociales para conseguir un poco de aliento.

¿Y a quién echamos la culpa? Principalmente partimos de la base de que vivimos en un país donde por desgracia la legalidad nunca fue nuestro fuerte y todo ello conlleva a que hayamos pasado de ser un país donde la facilidad para adquirir préstamos era tan sencillo como decir sí, sin importar cuándo ni cómo se iba a devolver; a ser un país donde el índice de pobreza crece cada día, donde la desnutrición infantil comienza a ser parte de nuestras realidades y donde cada día es más difícil levantarse por las mañanas sin saber si será nuestro último día en casa o si podremos dar de comer a nuestros hijos.

La culpa va más allá de una clase política, de un banco o de la simple sociedad. La culpa está en las mentes de aquellos incrédulos que creen que nunca les tocará, la culpa está en a los que no se les eriza el vello cuando ven a una persona viviendo entre cartones o a otra que no tiene nada para llevarse a la boca. La culpa está en las mentes que creyeron que quien más tiene más feliz es, que quien más riqueza consigue a lo largo de su vida mejor podrá vivir.
Celia Sánchez Rodríguez
Málaga

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