Al azar

Tolerar a Rajoy y apedrear a Artur Mas

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Matías Vallés Un país siempre sorprendente, que tolera a Rajoy y apedrea a Artur Mas, aunque el primero es más peligroso para el futuro de España. Desde su proverbial abulia, el presidente del Gobierno anunció ayer que recibirá al protomártir catalán «cuando él quiera». El balance de fin de año maya –trufado de adjetivos como «insoportable» o «insostenible»–, a cargo del inquilino de La Moncloa, demuestra una vez más que la Generalitat utiliza a Madrid para camuflar sus problemas, pero que a menudo se olvida la viceversa. Cataluña consuela al asfixiado Rajoy.

La pregunta clave no plantea en cuántas décimas ha reducido Rajoy el déficit, sino cuántos partidos de fútbol íntegros ha contemplado durante su primer año en La Moncloa. Resulta ilustrativo que la comparecencia de ayer se produzca durante un paréntesis liguero, cuando el presidente se siente obligado a entretenerse con la política. Del tono de su intervención se desprende que el futuro de Casillas y Mourinho le atribula con más intensidad que la suerte de su país.

Transcurrido el primer cuarto de la legislatura, Rajoy insiste en que la tozuda realidad le obligó a variar su programa electoral. Es decir, que se presentó de espaldas a la realidad, un baldón para un político que se autodefine «previsible». Al escuchar el «date la vuelta» de la canción de Pimpinela, los problemas le deslumbran y recurre al tópico de culpar a sus predecesores. Curiosa obsesión con la herencia recibida de un político que, desde el lejano 1996, ha estado presente en todas las etapas del creciente «desapego hacia las instituciones» denunciado por el Rey. Con todos los respetos, ¿en qué podría ser peor la situación actual con Zapatero a los mandos de la nave?

No te preguntes qué ha hecho tu Gobierno por ti, sino qué ha hecho tu Gobierno por ti últimamente. Por ejemplo, la cacareada reforma laboral consiste en castigar a los trabajadores con las doctrinas alentadas por seres ejemplares como Díaz Ferrán. El miedo a Rajoy no lo inspira su incapacidad para resolver los problemas, sino su despreocupación al afrontarlos. Nada le importa demasiado. Su última inocentada obliga a agradecerle que escaseen sus comparecencias públicas. Y si este análisis le parece excesivamente cruel, mejor no consulte qué opinión le merece Rajoy al mundo exterior.

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