Cuaderno de mano

Dennis Hopper, Route 66

05.05.2013 | 05:00

Alguien que nace en Dodge City responde OK a cualquier pelea que sea difícil. Alguien que nace en Dodge City, en medio de una depresión económica, sabe que su única ruta es mirar hacia delante, de frente la sonrisa y la rebeldía. Lo dejó siempre claro Dennis Hopper. El indomable amigo americano de una leyenda llamada Paul Newman y de un rebelde sin causa como James Dean. Los tres amaron por igual la velocidad. A cada uno, ella los trató a su manera. A Dean lo robó joven a bordo de un Porsche Spyder 550; a Newman lo dejó conducirla en la 24 horas de Le Mans; a Hopper le regaló el invento de un género cinematográfico con el que terminó de inmortalizar la route 66. En España, el peregrinaje de la juventud disconforme y el de la expiación tienen el camino de Santiago. La carretera madre es la que cruzan en Norteamérica los que tienen la vida en punto muerto o su tiempo en desorden. Doce años después de su publicación, On the road, de Jack Kerouac, se transformaba en la road movie Easy Rider, de Dennis Hopper. Kerouac kilometró un monólogo generacional sobre la libertad y los márgenes del destino. Sólo le hizo falta un coche de segunda mano, cambiar de tren, un lápiz, una libreta de bolsillo y cualquier papel a su alcance. Y como cada aventura requiere un amigo, Kerouac tuvo a Neal Cassady. Hopper filmó una película de cowboys sobre la contracultura. Sólo necesitó el estribillo de una canción que vivir, Born to be wild, una Harley Davidson, a Peter Fonda como colega de viaje y un pasado Nikon 36 mm. La novela fue el resultado de la prosa espontánea forjada por un escritor a lo largo de la route 66. La película, la consecuencia de la fotografía espontánea del actor que aprendió a encuadrar la narración de la imagen.

El Museo Picasso Málaga acaba de inaugurar un magnífico road fotográfico de Dennis Hopper entre 1961 y 1967. La fotografía como película. La fotografía como camino de expiación. A las estrellas difíciles se les expulsa de los estudios hasta que demuestran que han desintoxicado su carácter. Un tipo de Dodge en primer plano, con éxito a sus espaldas y un exilio por delante, es una bomba de relojería. Su primera mujer lo sabía. Tal vez por eso le regaló una cámara. Brooke Hayward nunca supo que le estaba regalando un viaje por la frontera entre el que mira de un lado y lo que mira desde el otro. Y también por la cultura, la política, por los rostros populares de una época en la que todos buscaban cruzar la vanguardia de su destino. La vieja huella de la gran depresión del medio oeste se estaba quedando atrás, en un porche donde al atardecer no se escuchaban las canciones de Neil Young o Ike &Tina Turner. Delante, a punto de nacer, el nuevo periodismo, el arte pop, la Factory Warhol. Dennis Hopper explorando lo real, las sombras que le embriagaban por dentro, otros lenguajes de expresión. De joven aprendió a enfrentarse al lienzo en blanco pero no sabía que la fotografía es subversiva, como dijo Roland Barthes, cuando induce a pensar. Si te cuenta a los ojos una historia en blanco y negro que se puede escuchar de cerca y de lejos.

Este es el alma de la exposición que recorro como si fuese la route 66, sin rumbo fijo. Al igual que Kerouac, que Hopper, lo hago con un amigo, el pintor Rafael Alvarado, con el que me gusta viajar por el museo. Un viaje en el que Hopper convierte la fotografía en un buscador de respuestas, en el acta notarial de la mandrágora bohemia, en una creatividad artística que tiene la identidad como actitud. Cada imagen es la geografía de la historia que cuenta con la voluntad del superviviente, del cómplice. Mira la moda y retrata sus actrices sensuales, flotando en la atmósfera que crea el encuadre, igual que si compitiese con David Bailey por una portada de Vogue. Observa y registra personas anónimas y personajes célebres. Demuestra que, además de fotógrafos francotiradores de objetivo largo y de los que lo hacen a quemarropa, existen otros que son carteristas. Se acercan, sonríen, saludan, pasan, sin que el sujeto del otro lado del objetivo advierta que le han robado la cartera. El alma en una mirada. Me gustan los retratos que desvelan la identidad interior, el rostro al que uno terminará por parecerse. Aunque siempre me he preguntado cómo es la fotografía que capta el rostro del miedo, del egocéntrico, del cobarde, el de aquel que es una máscara hacia fuera, una máscara hacia dentro. Hopper es muchos Hopper. Por eso hay imágenes que recuerdan a Duane Michals, viajero, conceptual y creador de secuencias fotográficas, cuando confesó «soy un reflejo fotografiando otros reflejos dentro de un reflejo». Le doy la razón al ver al volante a Tuesday Weld, perfil de belleza al viento rubio de la felicidad. Hopper la convirtió en un poema de amor en dos movimientos. Al contemplar a Warhol, marca eterna de esa mirada con eco en la que sólo cambia el color camaleón.

En este Hopper route 66 de 141 kilómetros en la pared, se pueden encontrar encuadres que son poemas visuales sobre la sociedad de consumo. Manténgase a la izquierda; beba Coca Cola; sienta el dolor del hielo derritiéndose sobre sus hombros; contemple la perspectiva área de un ángulo de calle con una enorme flecha pintada en el asfalto que señala a un niño en tránsito. Fotogramas de cine, cuadros, fotografías de fachadas con ventanas y sombras que recuerdan pinturas de Mondrian. Carteles desgarrados como un graffiti en una pared por la que parece que acaba de pasar Basquiat. Lichtenstein, Tinguely, Rosenquist y Ed Ruscha, el artista como producto. Y otras fachadas y aceras y casas y seres anónimos haciéndome rememorar al pintor que nos enseñó que, a veces, la vida está Hopper. Fotografías con el silencio limpio en blanco y negro, el mismo realismo poético de la inmovilidad de lo cotidiano y el latido del detalle. Escenas del medio oeste, con el tiempo mutilado y los rostros fósiles, que evocan la mirada seca de Richard Avedon.

No puede faltar la huella del apocalíptico actor, con cámaras colgadas al cuello en medio de la jungla de Vietnam, igual que si fuesen cabelleras o armas ligeras de repetición. Qué pena que esos carretes fuesen de ficción. Esas fotos hubiesen sido el broche rebelde a esta exposición. Está claro. Alguien que nace en Dodge City nunca viaja en el asiento de atrás de la vida.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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