Es una propuesta que lleva muchos años rondando las cabezas de economistas y sociólogos. Y sobre la que deberán pronunciarse los suizos en uno de sus frecuentes referendos.

¿Debería garantizarse a toda la población unos ingresos mínimos con independencia de que quien los reciba trabaje o no, sea rico o pobre?

La iniciativa «Por una renta básica incondicional» lleva recogidas más de 100.000 firmas en el país alpino. La idea es garantizar a todos los ciudadanos suizos una suma regular que sirva para cubrir sus necesidades básicas. Una suma que quienes han impulsado la iniciativa calculan en unos 2.500 francos suizos (cerca de 2.000 euros) mensuales.

Se trata de una idea, criticada por muchos, que ven en ella una incitación a la pereza, pero que el sociólogo y filósofo belga Philippe Van Parijs lleva defendiendo desde los años ochenta y acaba de volver a defender en Ginebra.

Para Van Parijs, esa propuesta, que en principio va en contra de todo lo que reclama últimamente la Unión Europea -recortes sobre recortes- se trata de sustituir la actual red social pasiva, de la que no logran salir muchos que se encuentran prendidos en ella, por una renta universal mínima que posibilite la integración y la competitividad.

Esa renta que se propone no se añadiría a las actuales prestaciones -por ejemplo, por desempleo-, sino que las sustituiría total o parcialmente aunque se financiaría con ellas en buena medida.

Habría nuevos beneficiarios, sobre todo quienes llevan a cabo actualmente tareas apenas remuneradas aunque esenciales para la sociedad como es el cuidado de los niños o los ancianos.

En opinión de Van Parijs, la renta básica no sólo reemplazaría en buena medida al actual Estado social sino que lo haría de forma más dinámica puesto que sus beneficiarios podrían utilizar esos fondos de manera inventiva: por ejemplo, para profundizar su formación o lanzarse a una actividad independiente o aceptar un empleo a tiempo parcial.

El sociólogo belga tiene una respuesta para quienes critican la posibilidad de que haya gente que no trabaje por propia voluntad y lo haga a costa de quienes sí trabajan.

Primero, hay que pensar en todas esas personas que llevan a cabo tareas socialmente útiles pero no remuneradas y que de esa manera se verían recompensadas por primera vez por su trabajo.

Pero es que además, argumenta el filósofo que es también Van Parijs, la renta que genera un trabajador sólo en pequeña medida se debe a su esfuerzo personal.

Ese trabajador se beneficia, según los casos, de condiciones naturales favorables, de quienes inventaron en su día las herramientas que utiliza diariamente, o de quienes pensaron en una mejor forma de organizar el trabajo.

Hay que concebir esa renta incondicional como una forma de redistribución de lo que genera nuestro trabajo y que se debe a factores ajenos a nosotros como son las condiciones ambientales, la organización social o los esfuerzos de las generaciones precedentes.

Se trata en cualquier caso de una idea utópica que ronda también la cabeza de la izquierda en Bélgica y Alemania, pero que va a tropezar seguramente con la mentalidad de un pueblo como el suizo que ha rechazado ya antes en referéndum la propuesta de trabajar menos.

Y sobre todo, habría que buscar la forma de financiarla en cualquier país que decidiera aplicarla mediante nuevos impuestos, bien fuese con la llamada tasa Tobin, con incrementos del impuesto de sociedades o cualquier otro. Tarea en absoluto fácil.