El cormorán

A hombros de judíos

08.06.2013 | 05:00

­­­Ha pasado a exposición pública en el Museo de Israel la llamada Piedra de Gabriel, o Revelación de Gabriel, una estela descubierta hace unos 20 años en la zona del Mar Muerto, actual Jordania. La tablilla está vinculada a los manuscritos de Qumram, hallados hace ahora 65 años, y data de hace unos 2.000 años; es de piedra caliza gris, mide 90 por 30 centímetros y consta de 87 líneas de texto en hebreo antiguo escritas con tinta. Buena parte de esas líneas son ilegibles, pero el biblista judío Israel Knohl presentó hace cinco años su reconstrucción y traducción de la famosa línea 80, que según este especialista dice: «Leshloshet yamin hayeh, anos Gavriel, gozer alekha», es decir «en tres días, vivo, yo, Gabriel, lo mando».

La orden del ángel Gabriel (precisamente el que anuncia la encarnación de Dios en los Evangelios), va dirigida al «Príncipe de príncipes», un personaje al que Knohl describe como líder judío que se rebeló en el año 4 antes de Cristo contra la monarquía herodiana, sostenida por Roma. Ese líder, Simón de Perea, actuó en la Transjordania, zona en la que se supone que fue hallada la tablilla, y se declaró rey; como tal tuvo seguidores que lo consideraron un mesías de liberación. El emperador Augusto aplastó la rebelión, pero los seguidores de Simón lo proclamaron resucitado a los tres días.

A partir de esta reconstrucción, Knohl lanzó varios desafíos al cristianismo: a) «la creencia en un mesías resucitado existió antes de la actividad mesiánica de Jesús»; b) «el concepto de la resurrección propio del cristianismo tendría su origen en la tradición judía anterior»; y c) «esta teoría ofrece nuevas ideas sobre Jesús, no como redentor de la Humanidad, tal como lo concibe el cristianismo, sino como un mesías cuyo objetivo era redimir a su pueblo judío».

Pues bien, las columnas del templo no se conmovieron cuando el biblista judío lanzó sus tres desafíos. Gran parte de los expertos en los orígenes del cristianismo permanecieron idénticos y los que se manifestaron lo hicieron afirmando que ese triple reto de Knohl (autor del libro El mesías antes de Jesús, traducido en 2004), ya estaba perfectamente incorporado a las investigaciones, tanto a las confesionales (católicas, protestantes, judías?), como a las críticas.

En efecto, una larga tradición recorre el judaísmo con hitos como el siervo sufriente de Isaías, los tres días de Oseas o el martirio de los Macabeos, entre otros varios más, por ejemplo, Jonás y sus tres jornadas en el vientre de la ballena. El grito de guerra de Julius Wellhausen –«Jesús fue un judío; no un cristiano»–, es ya muy antiguo y nadie niega que a excepción de los saduceos todos los coetáneos de Jesucristo profesaban la creencia en la resurrección de los muertos. Si sobre la novedad o, por el contrario, las repeticiones de Jesús con respecto a otras creencias, hubo algún susto como el que Knohl ha querido reactualizar, habría que datarlo a comienzos del siglo XX, cuando el estudio comparado de las religiones trazó las similitudes de los hechos y dichos de Jesús con las creencias orientales de su tiempo. Superada aquella crisis –Jesús no era tan novedoso y único como se pensaba–, la continuidad o la ruptura del cristianismo con respecto a su entorno religioso quedó mejor acotado. Ahora bien, al menos un tema en la línea de Knohl sigue siendo espinoso: ¿el mensaje de Jesús era netamente judío o, por el contrario, universal? Las investigaciones críticas no dudan de lo primero, mientras que atribuyen lo segundo al genio teológico de Pablo. Por su parte, los trabajos confesionales tratan de aminorar la supuesta cesura entre Jesús y el Apóstol de los Gentiles. Es una zona caliente de la historia del cristianismo y en ella se hallaría la respuesta a una pregunta esencial: ¿cómo pudo extenderse el cristianismo del modo que lo hizo, hasta convertirse en la religión de Occidente? Una de las explicaciones sería que precisamente lo hizo a hombros de judíos y del judaísmo, que en el siglo I sumaba entre cuatro y seis millones de adherentes dentro del Imperio Romano (entre un siete y un diez por ciento de toda la población, siendo la minoría religiosa más extendida). Pese a las hostilidades contra Roma en la propia tierra judía, los judíos de la diáspora o de Roma gozaron de diversos privilegios de culto al tiempo que en sus sinagogas la nueva secta cristiana, más vital y menos formalista en aquel tiempo, atraía continuamente a los creyentes hebreos. En un momento dado, el judaísmo decidió constreñirse como religión de prosélitos y de elite, mientras que el cristianismo optó por la universalidad. Pero no podría haberlo hecho si antes no hubiera avanzado gracias al judaísmo. A Knohl debería parecerle suficiente.

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