Nunca sin un lápiz

La raíz de la literatura

09.06.2013 | 05:00

Vale para describir la raíz literaria de Antonio Muñoz Molina, desde esta semana premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013, aquello que dijo Samuel Beckett sobre la raíz y el destino del hombre isleño: la isla siempre va con él, porque él, además, es la isla, lo será siempre, vaya donde vaya. Y Antonio Muñoz Molina es su isla personal, la que va con él, la que nació con él en Úbeda y la que vivió, en el principio de su dedicación a la ficción, en la sierra de Mágina.

En el triunfo y en la espera, en la melancolía y en los árboles de la memoria que ha ido tejiendo, ese lugar, la casa, la calle, el barrio, la biblioteca, el maestro, los padres, la familia, el eco de aquel tiempo así como el encuentro de esa época con el tiempo nuevo, con Elvira, con Madrid, con Nueva York y con la época que vive ya mirando por las ventanas de un universo que le gusta y que le disgusta sucesivamente, ha sido la raíz geográfica y humana que lo ha impulsado.

Hasta ahora y siempre. Ese sitio que ha sido sucesivamente muchos sitios y el mismo sitio es el sustento de su pura alegría de leer, y de escribir, y es evidentemente el sustento de su memoria, la que sigue asomando, como en Proust o como en el propio Beckett, a sus libros aunque en ellos no toque ese filamento del que por otra parte surgen algunos de sus textos más hermosos, y sobre todo el emocionante El viento de la luna. Esa es, me parece, la raíz de su literatura; esa raíz viene a mi mente cada vez que pienso en él, y por eso antes que La Alhambra, adonde me llevó cuando lo conocí, a finales de los años 80, después de que publicara Beatus Ille, lo recuerdo algún tiempo después caminando con Elvira y con sus padres por el territorio de Úbeda, las calles empedradas, las casas viejas, los recodos que fueron, quizá, los escenarios de sus primeros ejercicios de ficción. Allí y después lo vi mirar hacia el suelo, ensimismado y risueño, como en Madrid a veces, y como en Nueva York, buscando acaso en la propia identidad de los pies sobre el camino la metáfora de la que viene todo: de mirar, de mirar a la raíz, y de mirarlo todo.

La otra raíz está ligada a esos tiempos y es la lectura, los comienzos de Muñoz Molina como lector, su libro imprescindible y su imprescindible cuaderno. Su letra formada para quedar y para ser legible: si un día él abandona en el metro uno de esos cuadernos un calígrafo diestro, un lector atento que lo hubiera encontrado escribiendo en alguna biblioteca, sabría que esa es la letra de Muñoz Molina. Y lo iría a buscar a otra biblioteca. Ahí vive su corazón, fuera de las tinieblas, acogiéndose a la luz brillante de los libros. De ahí viene. De Úbeda y de los libros. Esas son las sombras que lo acogen y que lo alientan como escritor.

Así pues, no puede concebirse esa obra que ha hecho hasta ahora sin señalar lo más puro y decisivo de su formación de lector. A lo largo del tiempo esa experiencia que no cesa se ha convertido en el trasunto metafórico de su manera de mirar, en los ensayos sobre pintura o sobre música, en su interpretación de lo que ocurre en la calle (aquellos reportajes sobre el 11S en Nueva York, aquellos paseos del Robinson urbano que fueron la raíz de su periodismo literario en Granada…) e incluso en sus más serenos pero rabiosos ensayos sobre lo que le pasa a este país para que en un momento determinado se adscribiera a la locura.

La obra de Antonio Muñoz Molina es la obra de un lector. Y de un hombre que mira la pintura o que escucha la música o que camina precedido por el aprendizaje que viene de los libros. Pura alegría se llama su libro de lector feliz, su apuesta por el libro como principio de toda aventura y de cualquier compromiso. El escenario de la batalla de las ideas. Hasta su libro más combativo hasta ahora, Todo lo que era sólido, que ha sido leído como una carta de batalla, es una narración que mira al suelo del que viene y a la raíz literaria de la que procede. «El presente era una niebla de palabras arcaicas». No hay en esa literatura, por muy contingente que sea, ni una línea que no sea consecuencia de la cultura que le fue comunicando el libro incesante y del cuaderno con el que convive.

En 1981 ganó el primer premio Príncipe de Asturias de las Letras el poeta José Hierro. Si ahora se rastrea lo que escribió aquel autor combativo de Réquiem, y se ve asimismo lo que le dijo al Príncipe que le da nombre a estos premios en circunstancias francamente anormales en la historia democrática de España hallaremos, me parece, que esa metáfora por la que ahora transita la preocupación civil de Muñoz Molina no se aleja demasiado de la que entonces estaba en el aire y que Hierro empuñó como una declaración de principios. Por eso, y por la literatura que el galardón celebra, me ha alegrado tanto el premio que un jurado del que me gustó formar parte le concedió al escritor que desde hace más de medio siglo vive desde su raíz en Úbeda.

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