Cartas al director

10.06.2013 | 05:00

Juan lanzas no es Miguel Blesa, por Francisco J. España Moscoso

Y podríamos establecer la misma analogía entre el juez Elpidio José Silva Pacheco y la jueza Mercedes Alaya; a saber. Demos un breve repaso a los procedimientos de ambos jueces. Por un lado, la jueza Alaya mantiene las imputaciones basándose en: primero, las declaraciones del chófer del que fuera Director General de Trabajo de la Junta de Andalucía, que en un alarde auto inculpatorio, dijo que era cocainómano y que compraba la droga con el dinero de los ERE. Segundo, un camello que corrobora lo dicho por éste. Tercero, un mensajero que vende al mejor postor y en este caso al periódico de la conspiración del 11-M, que Juan Lanzas le daba sobres llenos de dinero que llevaba a un bar cercano a las instituciones de la Junta, sin dar más detalles. Cuarto, en el rastreo del dinero, aparecen solo 80.000€ en la casa de Juan Lanzas, alias «el conseguidor». Por otro lado, el juez Elpidio José Silva, está llevando dos procedimientos contra Miguel Blesa; uno relativo al crédito de 26,6 millones concedido a las empresas de Gerardo Díaz Ferrán sin las garantías necesarias y otro proceso abierto por la ruinosa compra por parte de Caja Madrid del banco City National Bank de Florida, que ya ha dejado unas pérdidas de 500 millones al banco; pero resulta que la cosa no se queda ahí porque parece que hay algún correo electrónico que habla de que en la operación sobran 100 millones y está claro que el deber del juez es rastrear dicho sobrante. Tenemos la costumbre de ensalzar la actitud combativa de ciertos jueces en el desarrollo de su trabajo, pero es notorio que la norma se rompe cuando el justiciable pertenece a esa casta que podríamos calificar como la de «los intocables», y de ahí que ciertos fiscales actúen como abogados defensores, o que se intente amedrentar a los jueces con la querella por prevaricación.
Y es que ni Juan Lanzas es Miguel Blesa, ni Elpidio José Silva es Mercedes Alaya.


El fuego y la rueda, por Antonio Romero Ortega

Desde que terminó la Revolución Francesa, a la mayor parte de la Humanidad se le metió en la cabeza la idea del progreso continuo e indefinido, a la par que se desdeñó todo lo anterior por caduco y peor.

En los comienzos de la vertiginosa era digital, nos creemos más listos que nunca y, sin embargo, no queremos darnos cuenta de que, sin prisa y sin pausa, estamos haciendo la vida más complicada que nunca.

Yo me siento desbordado y descolocado, al mismo tiempo que me aterra el hecho de que analfabetos y semianalfabetos tengan tanta habilidad para adaptarse a los nuevos tiempos. En todo caso, con tantos artilugios complicados y prescindibles, no creo que la inteligencia humana aumente en cantidad y, muchísimo menos, en calidad.

El punto delicado del tema es qué se entiende por inteligencia. Evidentemente, ésta es muy
difícil o casi imposible de definir. Yo estoy muy de acuerdo con Séneca cuando afirmaba que no hay nada más contrario a la sabiduría que el exceso de agudeza. Por eso, estimo a los humanos actuales menos inteligentes y sensatos que a los anónimos inventores del fuego y la rueda.



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