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La náutica, la gramática y el turismo

12.06.2013 | 05:00

El turismo es un cuerpo de ejército complejo, y los turísticos, en general, unos cachondos, además, simpáticos, extravertidos, dicharacheros y parlanchines. Los turísticos somos gente divertida. Ayer, pensando en nosotros y en nuestro turismo, se me ocurrió que si la amiga Eykis –el enigmático personaje principal de Wayne Dyer en su obra Los Regalos de Eykis–, se incorporara a nuestro mundo, quizá nos ayudaría a ver nuestras cosas desde perspectivas más naturales, menos viciadas y, sobre todo, más auténticas€ Si el turismo tiene algo en su punto de partida, es, eso, la autenticidad. Lo que nos mueve a los individuos en nuestras elecciones turísticas es parte esencial de nuestra propia naturaleza humana, de nuestra autenticidad.

Después, tras meditar lo de Eykis –nada, unos microsegundos de nada–, me dije que no, que si la buena de Eykis nos visitara, quizá terminaría necesitando psicoterapia de la mano de su creador, el doctor Dyer. Estoy seguro de que aunque le explicáramos detalladamente la teoría de Ortega (y Gasset) sobre el «hombre masa» y las «minorías selectas», Eykis se quedaría in albis, a pesar de la luz que aporta buena parte de la teoría de Ortega al entendimiento del desarrollo turístico y de los destinos turísticos. Es cierto, si hacemos el esfuerzo de mirarnos con la suficiente perspectiva, algunas veces resulta difícil entender nuestras conductas –las individuales y las grupales–. Nuestra tribu, la turística, quizá, en esencia, no es distinta del resto de las tribus, pero la velocidad a la que ocurren las cosas en nuestro complejo universo parece que nos hace distintos, tanto al oficio en sí mismo, como a nosotros, sus oficiales.

De turismo sabemos todo el mundo, porque todo el mundo opinamos. Quizá sea porque todos alguna vez hemos sido turistas, digo yo€. Algo así es lo que le pasa a Pepe, un viejo conocido. Pepe, que nunca aprendió a leer, es un singular personaje que se pasa el día adoctrinando sobre rumbos y derivas, derrotas y abatimientos, marcaciones y demoras, estimas, vientos y mareas, ceñidas, ciabogas€. Pepe –él lo confiesa–, en sus tiempos mozos fue una vez a Melilla en barco. Esta fue su única experiencia marítima y, aún así, yo lo he visto discutir con un almirante de la armada en situación de retiro y pretender llevar razón€ Está claro, aquella única experiencia náutica del amigo Pepe debió dar para mucho. Ay, los Pepes€.

Salvando las distancias, algunos de nosotros, los implicados en el turismo, a veces también nos pasamos los pueblos de dos en dos€ Alguien asegura por ahí que sabemos mucho porque al hablar idiomas nos enteramos de lo mismo varias veces, en distintas lenguas€. –como aquel que juraba estar seguro de que era la una, porque había escuchado tres veces seguidas las campanadas de la iglesia–. Mira que si es por eso, tú. Mira que si son los idiomas los que activan la sinapsis responsable del conocimiento y la iluminación turística€ Yo soy un tío crédulo, que conste, pero lo de los idiomas va a ser que no, va a ser que los idiomas, stricto sensu, no tienen nada que ver con el conocimiento turístico. ¿Qué será entonces lo que últimamente nos pone en marcha a tantos de nosotros y, Pepe style, nos empuja a discursar sobre la especialización, la diversificación, la diferenciación, la innovación, las tecnologías, la sostenibilidad, el talento, la calidad, la excelencia, la imagen, la marca€? ¿Y sobre estacionalidad...? Jo, de estacionalidad sí que sabemos€ Ay, ay, ay, mira que ya hemos vivido vez tras vez –ojo, no siempre–, momentos en los que el tiempo vino a demostrarnos que aquello que pensábamos saber, más que saber, fue no saber....
En gramática, todos –también los turísticos–, damos por sabido que los verbos obedecen a una norma que los clasifica, así, en principio, todos nos declaramos capaces hasta de conjugar verbos desconocidos, por su pertenencia a la primera, segunda o tercera conjugación verbal. Hasta ahí bien, guay el discurso, pero, ay, amigos Pepes€: ¿qué pasa si nos metemos en el charco de los verbos defectivos...? Susto, ¿verdad€? ¿Cuántos de nosotros nos atrevemos a conjugar el verbo aterir o el verbo soler –que, aunque no lo parezca, es un verbo–...?

Pues en turismo, igual, amigos, no seamos Pepes€ Dejemos los charcos defectivos del oficio para los que saben de esos charcos, que nosotros somos demasiados para hablar todos a la vez.

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