A media voz

Culpable

16.06.2013 | 05:00

Aunque no haya hecho nada, siempre me siento culpable a priori cuando me cruzo con una instancia de poder cualquiera. Es algo que nunca he podido evitar: si un policía me mira más de dos segundos estoy dispuesto a confesarme como autor del último delito de mi barrio; en los controles de los aeropuertos sudo como si en mi bolsa de mano llevara siete kilos de heroína sin cortar; las raras veces en que me he visto con un juez (no en sede judicial, que eso, gracias a dios, no me pasado, sino en una sobremesa, en la inauguración de una exposición, en una fiesta) he temido que pensara que yo llevaba una doble vida que algún día acabaría con mis huesos en su tribunal, lo que me ha hecho balbucear incluso cuando solo hablábamos de fútbol o de novelas; en Hacienda se me nota tanto que no me siento trigo limpio, aunque lo sea hasta el último céntimo, que detecto sonrisitas irónicas dirigidas a mí en los guardas de seguridad que se pasean aburridos por sus dependencias. Así siempre y con todo: en las tiendas de ropa o en las librerías me asustan las alarmas que hay en las puertas (también cuando entro en ellas), en la sala de espera de los médicos me pone nervioso ese saber exclusivo que detentan que puede hacer que mis días tomen dolorosas derivas inesperadas, mi relación con los profesores cuando era niño o joven me sacaba de quicio, etc.

El Poder y la Autoridad tienen eso: que coaccionan por el simple hecho de existir, hasta cuando son bienintencionados, a aquellos que no tenemos ni poder ni autoridad o, más todavía, a aquellos que no creemos en la necesidad de que haya instancias tan salvajemente superiores (el Dinero, la Justicia, la Medicina, la Policía, la Información, el Saber?) que unos usan en beneficio propio y en perjuicio de los demás. Por eso a los que tienen Poder y Autoridad (banqueros, príncipes consortes, tesoreros de partidos, presidentes de diputaciones, grandes constructores) nunca les pasaría, como a mí, eso de sentirse culpables a priori, y que se les notara en la cara y en los gestos, porque, de hecho, ellos nunca se sienten culpables ni siquiera a posteriori. Alguno de ellos puede, por ejemplo, defraudar presuntamente millón y medio de euros en un ejercicio tributario en el que acaba teniendo devoluciones por parte del Estado de más de veinte mil euros y quedarse tan pancho. Seguro que si esa misma persona se sale de una tienda con siete abrigos de marca o con todos los tomos de las obras completas de Ortega y Gasset no pagados bajo el brazo las alarmas, intimidadas por su chulería, desactivadas previamente por las habilidades en la sombra del sujeto o programadas para que sólo salten con los delincuentes menores, se quedarán calladas sin rubor.

El mundo se divide entre los que nos sentimos culpables aunque seamos inocentes y los que se sienten inocentes aunque sean culpables. En el espacio sin regular, o regulado, de nuevo, en beneficio de los segundos, sucede todo en nuestras sociedades. Lo peor es que, como en la fábula bíblica, al final casi siempre acabamos pagando los inocentes las tropelías de los culpables. Pagando literalmente porque todos los recortes en educación, sanidad, derechos civiles y demás tiene que ver con la factura impagada de esos que son capaces de quitarle el pan de debajo del brazo a una anciana y luego denunciarla por haber robado ésta la panadería a punta de aguja de ganchillo.

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