Tribuna

Turismo, moneda de cambio

21.06.2013 | 05:00

El turismo le puso cara de Papá Noel a Mariano Rajoy cuando anunció que el paro se había reducido en el mes pasado casi en cien mil personas. El sector servicios es el que más ayuda a generar empleo por estas fechas, aunque mayormente sea en precario. Y se mira al turismo como esa moneda de cambio que nos puede dar más alegrías. Todos los años por estas fechas, la misma cantinela. Preguntarse cómo será el verano si con turistas a reventar o quedarse más secos que la mojama de Barbate. Ni una cosa ni otra. Término medio. Pero una vez más este sector llega para echar una mano a la maltrecha economía de España. El turismo, por más que se intente huir de la sociedad de camareros y de la burbuja inmobiliaria que nos dimos en el pasado, sigue siendo una tabla de salvación a la que acogerse. Hay, sin embargo, un cambio sustancial a tenor de los datos que barajan los profesionales y los técnicos de la Consejería de Turismo ya que si antes había sido el turismo nacional el que terminaba por salvar la temporada, este verano parece que serán los turistas internacionales. Bienvenido sea, aunque a ello esté ayudando las crecientes tensiones en el mundo árabe y, sobre todo, la manifiesta inestabilidad de Turquía. Van a encontrar espetos de sardinas a dos euros, todo un récord, y menús a 5 euros, paellas a 9 euros por persona y regalo del tinto de verano. El turista nacional vuelve a la tartera, al bocata de tortilla y al filete de pollo empanado. La cartera no da para más, y eso si hay suerte de tener a alguien trabajando en la familia o a un sacrificado abuelo que se aprieta un poco más el cinturón para tener un día de picnic playero. Por eso, ahora más que nunca, se necesita hacer política cuando la crisis aprieta.

Creo que desde la Consejería de Turismo se está haciendo una excelente labor pese a los recortes y conscientes de la importancia social y económica de este sector saben medir el valor de retorno por cada euro que se invierta en promoción. Ahora los máximos dirigentes de la Consejería han iniciado un recorrido por las ocho provincias andaluzas para reunirse con el sector y estudiar estrategias conjuntas. El consejero Rafael Rodríguez y el director general, Vicente Granados, profundo conocedor del sector y especialista en evaluar impactos, quieren tomar el pulso de forma directa, asumiendo que los políticos no pueden ir solos en un terreno tan sensible y sometido a tantas presiones nacionales e internacionales.

En este orden de cosas hay que destacar la información que daba este periódico sobre el interés de empresas multinacionales por hacerse con hoteles en la Costa el Sol, algunos de los cuales tienen el marchamo de emblemáticos, algunos en precario, y otros con un pasado familiar que les marcó durante años. Esta intención parece ser que ha sido acogida con beneplácito y esperanza por la patronal hotelera, aunque exista el riesgo, real por otra parte, de compras especulativas y, aunque los sindicatos lo pongan en duda, con la amenaza cierta de reducir plantilla y bajar calidad en los servicios.

En estas mismas páginas colaboran acreditados profesionales del turismo, con muchos años dominando las entretelas del sector y sería deseable conocer su opinión. Especialistas como Rafael de la Fuente, Luis Callejón, Enrique Cibantos, Juan Antonio Martín y otros tienen la palabra. Las asociaciones profesionales, sobre todo la patronal Aehcos, deben ser referente en estos tiempos de crisis y tener un mensaje claro sobre lo que se avecina.

Me consta, por conocerlo desde hace años, que no le va a gustar leer estas líneas a Francisco Artacho, director gerente de Turismo Andaluz, pero, ahora, cuando están en la picota tantos políticos (no confundir con la política) no me resisto a contar lo sucedido cuando se reabrió la villa turística de Grazalema y que pone de manifiesto que hay políticos por los que todavía vale la pena luchar. Él conocía, por haberlo vivido muy directamente, el drama humano y familiar de los trabajadores de esta villa, forzada al cierre como otras muchas villas dependientes de la Junta, y también conocía la valía y calidad profesional de la plantilla que llevaba años luchando por abrirla. El día que fue posible, Paco Artacho, a pie de obra, en silencio, con los ojos acuosos y la sonrisa que siempre tiene instalada en su cara, no pudo esconder su emoción y llorando como un niño con zapatos nuevos fue abrazando a los trabajadores que habían recuperado su puesto de trabajo. Políticos como Artacho (aunque creo que él no ejerce de político) es por lo que merece seguir creyendo en la política.

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