La mirilla

Jaque o jaqueca

02.10.2013 | 00:34

Se supone que la reciente manifestación «Jaque al Rey» ha puesto en evidencia al republicanismo español. Mil quinientos participantes en una ciudad como Madrid, cuyas calles conocen a diario manifestaciones mucho más concurridas por móviles menos llamativos, son, objetivamente, una birria. No bastan el voluntarismo agit-pro ni los eslóganes sonoros para organizar un simbólico asalto al palacio real. Los españoles tenemos preocupaciones más graves e inmediatas que el dilema monarquía/república, cuyo desenlace no las aliviaría ni con la remota posibilidad de un vuelco del sistema. El descrédito de la clase política y la peste a corrupción que la rodea (con todas las excepciones que se quieran) no son buen caldo de cultivo para el injerto republicanista. Y al que lo dude le bastará mirar a Italia, tan próxima y tan parecida.

Las convocatorias son oportunas o no lo son. En el segundo supuesto no solo fracasan sino que caen en ridículo. El ideal republicano es extenso y consistente en la sociedad española, pero la experiencia de la realidad modula los tiempos y las formas de expresarlo. Una cosa es enarbolar banderas tricolores, que está muy bien, y otra cosa creerse que el momento de España, con las fuerzas políticas en presencia, el viciado sistema electoral, el desprestigio exterior que ocasionan los pésimos administradores de la cosa pública y su secuela de corrupción, la crisis de las autonomías y los reflejos recentralizadores, los movimientos secesionistas y otras desdichas de voltaje similar, es el momento propicio para mandar al rey al exilio y poner en su lugar a un presidente con tan escaso poder decisorio y efectivo como el del monarca.

El jaque del otro día fue un fiasco que ha indignado a muchos republicanos. Pero lo insufrible es la jaqueca del acoso sistemático al rey y a su familia, la abdicación, la regencia, las presuntas imprevisiones constitucionales sobre la sucesión y todo ese divertimento lamentable que intenta opacar los problemas verdaderos. La cuestión es ésa: distraer con problemas ficticios el debate de los problemas que queman, urgen como inaplazables y determinan la fiabilidad o el desprestigio de un país. El que un chorizo haya logrado inmiscuirse en la familia real no la descalifica, y mucho menos cuando son tantos los presuntos chorizos que regurgitan datos macroeconómicos para enmascarar el aumento del paro, la amenaza a las pensiones y las responsabilides penales a que den lugar los procesos abiertos. Basta ya de jaqueca. No hace sino trivializar un asunto tan digno de reflexión y prudencia como la forma de estado.

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