La mirilla

Yayoflautas, en misión imposible

03.10.2013 | 05:00

Los mayores ya no van a Torremolinos ni a Benidorm. Adiós a la jubilación dorada junto al mar y a los bailes de salón. Ni siquiera pasar las horas al sol en un banco es posible en estos tiempos llenos de obligaciones. Ni obras ni abueletes ociosos para contemplarlas. El despertador suena de nuevo bien temprano cada día para iniciar una jornada con familia numerosa a cuestas. Jubilarse ya no es lo que era. Quienes no mantienen a hijos y nietos con sus paguitas, viven apretados por los continuos recortes. Las pensiones se estiran como chicles para que los 798 euros que un jubilado malagueño percibe de media den para todo y para todos. Para la comida de los abuelos, el hijo mayor y los dos nietos, la hipoteca del mediano y los estudios del pequeño, que este año se quedó sin beca. Misiones imposibles que cada día se ven obligados a protagonizar muchos de los 240.000 pensionistas malagueños y del resto del país.

El Día del Mayor se celebraba el pasado martes en España después de conocer que los pensionistas dejarán de recibir, en Málaga, 20 millones de euros con la reforma aprobada por el Gobierno. Las pensiones ya no subirán lo que «suba la vida». El IPC deja de ser un referente. En cambio el crecimiento será de sólo un 0,25% con el que los mayores tendrán que arreglárselas. Pero esta generación no está dispuesta a rendirse. Mientras tiran del carro de sus descendientes, también salen a la calle para clamar por sus derechos. Los yayoflautas no se callan. Si tienen energía para ser de nuevo los cabeza de familia también la tienen para protestar. Piden que la sanidad por la que lucharon en su juventud no les deje tirados ahora que lo necesitan. Que nadie les robe el fruto de sus largos años de trabajo recortando sus pensiones. Que no se carguen un sistema de dependencia por el que ya han recibido cuidados algunos de ellos pero que otros no disfrutarán.

Tienen poco que celebrar. Tal vez lo único es que aún les quedan fuerzas para mantener a gran parte de la sociedad. Pero el peso es demasiado para unos hombros que deberían poder descansar. No se lo merecen.

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