Las cuentas de la vida

Adults only

13.10.2013 | 05:00

Los resultados del informe PISA – sólo para adultos – no deberían extrañarnos en exceso. Japón, Finlandia y Suecia son países ordenados, precisos, profundamente disciplinados, con una acreditada estabilidad institucional. El consenso político genera leyes llamadas a perdurar, al menos durante unas cuantas décadas. Los acendrados hábitos de trabajo acompasan una cultura de la transparencia, que hace del análisis estadístico uno de sus ejes fundamentales. Las opiniones se sostienen en los datos y no en las ocurrencias como es habitual en otras latitudes. Gracias a la influencia de la reforma luterana, la alfabetización llegó relativamente pronto al norte de Europa rompiendo el monopolio del acceso a la información que antes detentaban las elites. Las bibliotecas públicas se extendieron con rapidez, a la vez que se instauraba la educación primaria obligatoria y las virtudes burguesas facilitaban el desarrollo del comercio y de la industria. Asia, por su parte, siguió un curso distinto aunque con algunos parámetros culturales convergentes. De fondo, eso sí, la ética del trabajo, la admiración por los logros tecnológicos y la enseñanza concebida como un ascensor social que dignifica a las personas. Algunos ensayos recientes, como How Asia Works de Joe Studwell, se han centrado en explicar las auténticas razones del milagro asiático – de Japón a Corea del Sur, de Singapur a China – frente a las recetas de manual del FMI.

El último informe PISA – adults only – nos ha recordado que los paradigmas culturales ilustran el ADN del éxito y del fracaso de las naciones. El orden, la precisión, la disciplina, la estabilidad son valores a preservar, con las familias – y la sociedad en su conjunto – como correas de transmisión. Un dato que descubrí hace tiempo sobre el tan elogiado modelo educativo finlandés nos habla de una llamativa proporción: por cada libro que un español saca en préstamo de una biblioteca pública, en Finlandia la media se eleva a siete. Traducido a términos futbolísticos, el resultado (siete a uno) sería una derrota de escándalo para la Roja. Si nos referimos a la educación, la equivalencia propicia el chiste fácil que lleva de la Roja al farolillo rojo. Al parecer, los conocimientos de un universitario español no superan los de un bachiller japonés. Seguramente sucede algo parecido con la renta per cápita de ambos países.

Nada de eso, insisto, debería extrañarnos, ya que las tradiciones refuerzan – o, en su caso, debilitan – la inmunidad de un cuerpo social. Sí me sorprende, en cambio, el ofuscamiento que nos impide advertir el desastroso estado de la educación en España. Se habla de equidad, obviando que, al igualar por abajo, se desmorona el castillo de naipes del futuro. Con resultados no muy distantes a los nuestros, los Estados Unidos han sabido optimizar su capital humano con una red capilar de universidades punteras y de multinacionales de la tecnología, junto a la flexibilidad concedida a la innovación y las startups. En sentido contrario, la geografía de servicios española ha apostado por los salarios mínimos de la mediocridad. Mientras se perpetúa a una enseñanza memorística desvinculada de la gran cultura, la comprensión, la habilidad en la búsqueda, la capacidad argumentativa y de análisis, el trabajo cooperativo o el horizonte global quedan descartados. Sin el gusto por la lectura, el pensamiento cojea. Sin una habilidad numérica bien asentada, la ciencia no supera el estatus de una ficción. Las fórmulas anacrónicas sólo sirven a los intereses de la burocracia. Y así nos va.

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