Libra directo

Una de espías

29.10.2013 | 05:00

La historia da para un thriller de historias paralelas que se unen. Por una parte, Edward Snowden, un fiel peón que descubre la perversidad del sistema y se vuelve contra él. Los guionistas tienen un campo abonado en la transformación mental de este protagonista. Soldado herido, empleado de la CIA, subcontratado de la NSA, alguien de confianza que maneja datos sensibles. ¿Cómo llega su epifanía? Aquí faltan datos emocionales, el argumento queda cojo sin la pata del amor. Por suerte, la otra media tiene de sobra. Empieza en Estados Unidos, donde el abogado Glenn Greenwald vive la ruptura de su relación sentimental. Abatido, se toma unas vacaciones en Río de Janeiro. Playa de Ipanema. Unos chicos juegan a vóley. La pelota rueda hasta los pies de Greenwald y David Miranda va a recogerla. Primeros planos de las miradas que se cruzan. Detengan el tiempo, quiten el sonido ambiente, solo música. Acaba de comenzar un romance que afectará a la Historia con mayúsculas, porque Miranda, a sus 20 años, es un chico de favela sin estudios y lo tiene mal para conseguir un permiso de residencia en Estados Unidos. Es Glenn, de 38 años, quien se instala en Río, y allí pone en marcha su blog de denuncia política, que al cabo de poco ya tiene cien mil subscriptores y le permite ganarse la vida. Es una referencia para quienes desean divulgar secretos del poder. Como Snowden, que tras ver la luz se largó con los documentos a Hong Kong y allí se entrevisto con Greenwald, y se los entregó.

El resto es conocido. Planos sucesivos de periódicos y noticiarios informando que la NSA espió a todo el mundo, Merkel incluida. Indignación planetaria. Que no falten imágenes de la Casa Blanca y del Capitolio. Obama con gesto atribulado. Un personaje ficticio dice: «este maldito bastardo nos ha j?, estas cosas solo benefician a los malos». Y otro personaje imaginario afirma: «bendita libertad de información que nos protege de nosotros mismos». Que vienen a ser las dos posturas en que se divide la opinión estadounidense. La del resto del mundo es más dura: vaya unos sinvergüenzas, que Obama devuelva el Nobel. Metraje de archivo de manifestaciones antiamericanas en cualquier parte.

¿Y luego? Última secuencia. Diálogo informal entre altos funcionarios en un bar de Washington, o quizás entre el presidente y algún consejero en el despacho oval. Alguien dirá: «Y al final, ¿qué grandes cambios ha provocado Assange? Pues ese, menos». Encadenado a Snowden observando melancólico la nieve gris de un Moscú frío y encapotado tras una pequeña y algo sucia ventana. Fundido a negro.

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