La Mirilla

P(obre) P(icasso)

30.10.2013 | 11:32

Era cuestión de tiempo. Como una de esas gotas de lluvia que a veces se encaraman a los árboles y no revientan hasta que se sienten lo suficientemente absurdas y maduras; sin duda, gordas y livianas, Budas que viajan por el aire. Anoche soñé por fin con un libro inédito de Celan que era al mismo tiempo una botella de vino. Me pregunto que será lo próximo. Quizá una teta en la frente de Diego Costa mientras festeja un gol contra el Real Madrid con forma de unicornio. Sin duda, la cosa está más o menos clara. Algún enano en mi subsconciente me está desfigurando el paraíso. Debe de ser porque estamos en temporada alta de grillos. Hace poco escribí un poema sobre un Ulises contemporáneo que se ahogaba en la bañera y la necesidad que a veces uno siente de abrir la taza del inodoro en plena madrugada y escuchar el canto de un grillo. Puede que como contemporizador e, incluso, señal equivalente a las cabezas de caballo que dejan los hampones entre las sábanas de sus enemigos. Digamos que algo como ese calcetín sucio que supongo que a veces colocan los partidos en los cristales de la sede para que los alcaldes y demás cargos electos entiendan que es momento de volverse marinaledos sin carrito y aporrear el capó del adversario. O de presentarse en sus habitaciones de hotel. En plan little Italy, sin ni siquiera avisar. Como las visitas coñazo. Habría estado bien que hubiera irrumpido la Caracuel en la habitación mientras la presidenta andaba en uno de esos momentos privados que se dan en un espacio privado; quizá haciéndose las uñas o leyendo a Pérez Reverte, con el cigarrillo y la bata. ¿Exageración? Miren la prensa. Y no precisamente al revés. Dejen a David Villa para más tarde. Los políticos de la provincia han conseguido hacer lo que nunca pudo Franco ni los retratos de pueblo de las buenas familias de Málaga: dejar a Picasso en un incómodo segundo plano. Y todo por el empeño barriobajero de convertir una protesta legítima en una bochornosa celada –habría que prohibir la cercanía de los encierros y de la sede la Junta con la Casa del Guardia: no da resultado–. De nuevo, esta ciudad hace el ridículo. Incluso en la resaca. Otra vez la razón en sus compartimentos de jardín de infancia. Defendiéndose lo indefendible, con actitudes maniqueas en señores igualmente electos que ya peinan hasta canas. Nadie niega que los impagos de la Junta justifiquen la protesta, pero hay líneas irrecuperables. Señores, reflexionen. Y pidan perdón. Especialmente a los Picasso. Yo pillaba el museo y me largaba a Las Bahamas.

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