360 grados

Joyce

03.01.2014 | 05:00

En esta época de éxitos fáciles y más que absurdas famas –basta salir un par de veces en televisión a la hora de mayor audiencia para convertirse inmediatamente en un best-seller– impresiona leer las confesiones de un auténtico genio como el autor de Ulises sobre las dudas y dificultades de la creación literaria[1].

Confesiones expresadas muchas veces por James Joyce en carta desde París a su hermano Stanislaus, en otras ocasiones a sus amigos o protectores, en las que da cuenta lo mismo de sus continuas estrecheces económicas que de sus titubeos o de los ataques de acidia en sus comienzos de escritor: «Tengo tres o cuatro historias inmortales en la cabeza, pero me siento demasiado apático para escribirlas».

O como le dice desde Trieste, a la sufragista, activista política y mecenas Harriet Shaw Weaver: «Me consuela mucho que usted me considere un escritor porque cada vez que me siento a la mesa con la pluma en la mano tengo que convencerme a mí mismo (y a los demás) de lo que soy».

Y a la misma dama, editora de la revista The Egoist, esta vez desde la capital francesa, metido ya en tarea y más seguro de sí: «¿De veras no le gusta nada de lo que estoy escribiendo? Si el final de la primera parte no vale nada, entonces mi criterio respecto al lenguaje es una idiotez».

En otra ocasión se refiere al esfuerzo que le están costando las historias de «Dublineses»: «He leído ese capítulo varias veces. Tardé cinco meses en escribirlo. Cada vez que termino un episodio, caigo en una apatía total de la que parece imposible que salgamos yo y el maldito libro».

Aunque, al escribir su obra maestra, Ulises, tiene claro su objetivo: « Quiero ofrecer de Dublín un retrato tan cabal que la ciudad pudiera, en el caso de desaparecer de repente, reconstruirse por completo a partir de mi libro».

Y justifica así su cambiante estilo: «Comprendería que le empezaran a disgustar los diversos estilos que voy utilizando en los episodios y que, como el viajero errante, que añoraba las rocas de Ítaca, prefiera el estilo inicial. Pero me es imposible condensar todos esos vagabundeos en el espacio de un día, y amoldarlos a la forma de ese día, a no ser introduciendo variaciones».

Con un humor muy irlandés habla en otro momento de la posteridad a propósito de su creación más experimental, Finnegans Wake: «Si lo dejara todo ahora mismo, perdería mi inmortalidad. He introducido tantos enigmas y acertijos que tendrá a los profesores ocupados durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir, y ésa es la única manera de asegurarse la inmortalidad».

No tienen tampoco desperdicio las citas espigadas por el editor de este precioso volumen tanto en la correspondencia como en las obras juveniles autobiográficas en las que Joyce reflexiona en torno al arte en general, la relación con la fantasía y la realidad y la naturaleza del lenguaje y el estilo.

El arte, dice, «no es un modo de huir de la vida», sino «todo lo contrario: el arte es expresión suprema de la vida». Y en otro momento: «En la embriaguez (..) en estar siempre ebrio de vida, como dice Rimbaud, (€) radica el aspecto emocional» (del mismo).

O cuando defiende su concepción del realismo frente al idealismo: «Es dañino insistir en los elementos religiosos y morales del arte o en lo que éste tiene de bello y elevado. Una sola obra de Rembrandt vale tanto como una sala llena de Van Dycks».

Pero Joyce no fue sólo un lúcido crítico de su propio proceso creativo sino también un crítico extraordinariamente lúcido de la obra de los artistas a los que admiraba: desde Giordano Bruno, Leonardo o Vico hasta Ibsen y Chéjov.

De Ibsen, por ejemplo, escribe que ha alcanzado «tal maestría (€) que, sirviéndose de diálogos aparentemente sencillos, es capaz de retratar a hombres y mujeres inmersos en crisis espirituales». En su obra «no hay, desde el principio hasta el final, apenas ninguna frase ni palabra superflua».

Y del renacentista Leonardo Da Vinci: «Al explorar los rincones oscuros de la conciencia en aras de una psicología semipanteísta, Leonardo observa la tendencia del artista a dejar su propia imagen en lo que crea. Es esta tendencia, dice, la que explica que no pocos pintores incorporen un reflejo de sí mismos a los retratos que hacen de otros». ¿No estamos viendo aquí a la Mona Lisa?

[1] Sobre la literatura. James Joyce. Federico Sabatini,
Ed. 116 páginas (Alba)

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