El adarve

Una ratonera en casa

04.01.2014 | 05:00

Estamos en plena crisis. Pero la crisis no afecta a todos por igual. Algunos hasta se han enriquecido con ella. Otros, como consecuencia del mal proceder de unos pocos, viven en la miseria.

Hay restaurantes carísimos que están siempre abarrotados, vacaciones de lujo por el mundo entero, Hoteles de cinco estrellas repletos de clientes, viajeros de primera clase que pagan cinco mil euros por un viaje, coches de altísima gama circulando por las carreteras de países sumidos en la pobreza€ Y hay quien busca en la basura algo que llevarse a la boca, gente que pasa frío porque no puede pagar la calefacción y personas que tienen que dejar a sus hijos sin un triste juguete.

Alguien, al entrar en un restaurante y verlo abarrotado, me dijo:

¿Dónde está la crisis?

Pues está en otra parte. Pero está. Afecta a otras personas. Lo que pasa es que esas personas nos importan un bledo. Y les importan otro bledo a algunos políticos, más preocupados por mantenerse en el poder y enriquecerse que por ayudar a los necesitados.

Me preocupa cada vez más el tipo de sociedad que estamos construyendo. ¿Es una sociedad en la que cabemos todos? ¿O es una sociedad en la que solo unos pocos disfrutan? ¿Es una sociedad solidaria y equitativa o una sociedad injusta y cruel?

Me preocupa que las diferencias se vayan acentuando y que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. ¿En qué consiste entonces el progreso? ¿En que mejoren quienes ya tenían unas condiciones de vida favorables y se hundan cada vez más en la miseria los desarrapados?

Me preocupa la progresiva privatización de bienes y servicios. ¿Tiene usted dinero? Tendrá educación. ¿Tiene dinero? Tendrá salud. ¿Tiene dinero? Tendrá seguridad. ¿Tiene dinero? Tendrá medios para comunicarse y desplazarse. ¿No tiene dinero? Será un ser desgraciado en esta sociedad y no podrá tener ni educación, ni salud, ni seguridad, ni comunicación, ni futuro.

¿Es esto una selva? ¿Una selva con leyes cada vez más sofisticadas? Antes, quienes eran grandes y fuertes destruían o dominaban a quienes no lo eran. Ahora hemos creado nuevas reglas de funcionamiento: los que más saben, engañan a quienes no saben nada. ¿Para eso sirve el conocimiento?

Si cada uno mira por sí mismo (o por el pequeño círculo familiar, que esa es una forma peculiar de egoísmo compartido), ¿qué será de los más desfavorecidos?, ¿qué pasará con quienes Paulo Freire llamaba «los desheredados de la tierra»?

Leí hace tiempo una historia que quiero compartir con los lectores y lectoras por lo que tiene de aleccionadora.

Un ratón, mirando por un agujero que hay en la pared, ve al granjero y a su esposa abriendo un paquete. Sintió cierta curiosidad e, incluso, cierta emoción pensando en lo que contendría.

¿Qué tipo de comida podría haber allí?

Quedó aterrorizado cuando descubrió que era una ratonera.

Fue corriendo al patio de la granja para advertir a todos:

¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa!

La gallina, que estaba cacareando y escarbando, levantó la cabeza y dijo:

Discúlpeme, señor ratón. Yo entiendo que es un gran problema para usted, pero a mí no me perjudica en nada, no me incomoda lo más mínimo.

El ratón fue hasta donde estaba el cordero y le dijo:

¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera!

Discúlpeme, señor ratón, pero no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que será recordado en mis oraciones.

El ratón se dirigió entonces a la vaca, y la vaca le dijo:

– Pero, ¿acaso yo estoy en peligro? Pienso que no. Es más, estoy segura de que no.

Entonces el ratón volvió a casa preocupado y abatido para encarar a la ratonera del granjero.

Aquella noche se oyó un ruido, como el de una ratonera atrapando a su víctima. La mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado. En la oscuridad, ella vio que la ratonera había atrapado la cola de una cobra venenosa. La cobra mordió a la mujer. El granjero la llevó inmediatamente al hospital. Ella volvió con fiebre. Todo el mundo sabe que para alimentar a alguien con fiebre nada mejor que una sopa. El granjero agarró su cuchillo y fue a buscar el ingrediente principal: la gallina.

Como la enfermedad de la mujer continuaba los amigos y vecinos fueron a visitarla. Para alimentarlos, el granjero mató el cordero. Mas la mujer no mejoró y acabó muriendo. Y el granjero entonces vendió la vaca al matadero para cubrir los gastos del funeral.

Así que la próxima vez que escuches que alguien tiene un problema y creas que, como no es tuyo, no le debes prestar atención€ piénsalo dos veces.

El problema consiste en pensar que cuando alguien oye o ve o sabe que otra personas o muchas otras personas tienen un problema no tiene que pensárselo dos veces porque no le va a pasar nada. Puede ser así en una primera instancia. Pero, a la postre, cuando se crea un mundo con reglas de funcionamiento injusto, todos vamos a ser perjudicados.

La historia ofrece una moraleja que la vida no suele corroborar. Lo que suele suceder es que el ratón cae en la ratonera y los demás animales siguen viviendo tan ricamente. Esto a la corta pero, a la larga, esas actitudes generan un perjuicio para todos.

El problema es que estamos creando una sociedad en la que cada uno mira por sí mismo. Y, cuando alguien da, es porque espera recibir algo. No me gusta la filosofía del do ut des (doy para que me des). Creo que la solución no está en el interés sino en la generosidad.

Si a los animales de la granja les hubiera importando el problema del ratón, es probable que hubieran solucionado su problema. De esa manera, cuando el cordero tuviera una situación de dificultad, los demás animales le hubiesen echado una mano. Pensar que los problemas de uno son de todos es una forma de crear una sociedad más solidaria.

Ya sé que es muy conocido este poema que erróneamente se atribuye a Bertolt Brech. En realidad se debe al pastor luterano alemán Martin Niemöller que lo incluyó en un sermón de Semana Santa. Es saludable recordarlo de nuevo.

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,/ guardé silencio,/ porque yo no era comunista,/ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,/ guardé silencio,/ porque yo no era socialdemócrata./ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,/ no protesté,/ porque yo no era sindicalista,/ Cuando vinieron a por los judíos,/ no pronuncié palabra,/ porque yo no era judío,/ Cuando finalmente vinieron a por mí/ no había nadie más que pudiera protestar».

Si la nueva ley de educación perjudica a los más desfavorecidos, que protesten ellos; si la ley del aborto machaca a las mujeres, que protesten ellas; si las empresas despiden a sus trabajadores, que protesten los despedidos; si las leyes sanitarias expulsan del beneficio social a los más pobres, que protesten ellos€

Es la herencia que vamos a dejar a nuestros hijos, a nuestras hijas. ¿Cómo no nos preocupa este clima de injusticia y de insolidaridad? Hay que construir una sociedad más justa, más solidaria. Una sociedad en la que todos podamos vivir de forma digna. No solo unos pocos privilegiados. No solo unos cuantos espabilados. No solo quienes fueron bendecidos por la herencia, la suerte, el robo o el azar.

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