En sólo 725 palabras...

Ya está, ¿y ahora qué?

08.01.2014 | 05:00

Aunque, al final, mi hígado –creo que era él– ya me preguntaba cuánto falta para el día siete –por los excesos, obviamente–, qué hermoso periodo el que acabamos de pasar. Atávicamente catártico. Mágico. La Navidad es el prototipo de la ilusión. Un alongado momento durante el que, sobredosis pantagruélicas aparte, hasta los ángeles malos nos prometemos un propósito de enmienda –quizá para mejorar nuestra maldad, quién sabe–. Diciembre es un mes de cierre. El día treinta y uno es una especie de puerta de salida que algunos atravesamos ceremoniosamente, orgullosos de nosotros mismos, con nuestra contabilidad clara; cada apunte en su sitio, como debe ser, y no en función de maquillar nuestra particular cuenta de resultados. Otros, en cambio, dedicamos nuestros esfuerzos a traficar la contrapartida de cada apunte, de manera que nuestra cuenta de resultados parezca obra del mismísimo dios, en persona. No me refiero a las cuentas de resultados de nuestras empresas –que también–, sino a las nuestras, a las intrínsecamente nuestras, las de los individuos a los que el alma nos ha importado un pito o mucho, hasta que esa especie de meta volante vital en la que se convierte el treinta y uno de diciembre nos queda a la vista. Ninguno pensamos en la muerte a treinta días vista si no tenemos motivos. En esa pseudopuerta de salida sí que pensamos... Razones atávicas, repito.

La mayoría de los mortales, vemos el día uno de enero como la puerta de entrada a la nueva vida; una puerta de entrada diversificada en caminos y veredas sobre los que trazar nuestra hoja de ruta. Aquí, en casa, nos damos un cuartelillo y trasladamos el umbral al día siete de enero. El día siete los verbos se desprenden de sus tiempos pasados, y se convierten en una especie mundo sin presente en el que solo conjugamos en futuro, un futuro lleno de proyectos, de buenas intenciones, de cambio... El propósito, junto con la imaginación y el agradecimiento son parte las fuerzas que mueven el mundo, así que, mientras el propósito sigue vivo, somos reyes del universo; atletas del futuro, del sentido común y de la razón. En estos días la razón nos sobra a todos. La razón se convierte en el bien universalmente mejor repartido: bajar de peso, lucir unos abdominales como tabletitas de chocolate, dominar otro idioma, ejercitarnos diariamente para desterrar la hipertensión, decirle adiós al tabaco para siempre, gritar ¡alcohol vade retro!, «recuperar» el hábito lector que nunca tuvimos, organizar el garaje que llevamos quince años desorganizando, ir a por el niño o la parejita, terminar aquella carrera pospuesta... ¡Qué energía la de los propósitos y los proyectos! ¡Qué conformismo cuando, para no odiarnos, nos contentamos con abandonarlos «justificadamente»! En general, qué engaño tan lampedusiano. Cambiarlo todo para que nada cambie. Así es, así somos...

Los turísticos, en lo profesional, tampoco somos ajenos a los propósitos, a los proyectos y a las intenciones. Ahora, basados en lo bien que lo hicimos el pasado año –según justifican nuestras cifras, excepcionalmente bien escogidas en pos de mostrar el resultado que mejor avala nuestra gestión– pregonamos a los cuatro vientos lo mucho mejor que lo haremos este año. Y lo gritamos y lo gritamos hasta que los cuatro vientos nos oyen y nos hacen el coro. Siempre ocurre. Qué socorrido es conjugar el verbo en futuro y qué socorrida es una buena prosodia, porque siempre pone el acento donde mejor queda en la foto.

Llevo tiempo –mucho– tratando de entender a los cuatro vientos en su papel de coristas. He visto a los cuatro vientos corear sin partitura; también –de esto ya hace tiempo, demasiado– los he visto seguir partituras profesional y eficientemente estructuradas. Lo preocupante es que en casi todos los casos –honrosas excepciones aparte–, los vientos nunca supieron cantar, y mucho menos leer partituras, o sea, cada viento coreando a su manera... El resto, año tras año, pasmados y boquiabiertos, escuchando...

Entre mis propósitos para este año he incluido el de llamar a la consciencia de mis próximos, y recordarles que lo realmente importante en nuestros proyectos no es la vanagloria de dónde nos encontramos; ni el ombliguismo verborréico ad hoc, sino el empeño, el tesón y el reconocimiento de saber heurísticamente en qué dirección vamos, para, entre todos, lograr actuar sin efectos colaterales indeseables... En ello me hallo hoy.

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