Naranjas de la China

Ana Pastor y la WWF

12.01.2014 | 05:00

Vuelve El objetivo, el programa con que Ana Pastor pretende reivindicar el que cree periodismo con mayúsculas, el de hechos y datos –lo siento, para mí son mucho más mayúsculas las impresiones que los números, que están hechos de arcilla–. Y lo hace con una entrevista al ministro de Cultura y Educación, José Ignacio Wert, el componente más discutido del Ejecutivo de Mariano Rajoy. A la espera del asunto, en el aire esta misma noche, resulta bastante lamentable la promo con que lo vende La Sexta: en ella, Pastor observa un televisor que emite algunas de las perlas dialécticas de Wert; la comunicadora toma notas con gente traviesillo –y también con cara de enterada, por qué no decirlo–.

O sea, se nos anticipa la historia como si fuera un enfrentamiento, no una conversación; como un interrogatorio a cara de perro con el morbo de comprobar cuantos colmillos enseña la periodista y cómo logra zafarse de los ataques el político. Tan edificante como una pelea de gallos. Pero una pelea de gallos un tanto sui generis, como veremos más adelante.

¿Usted cree que busca de verdad respuestas Ana Pastor cuando interrumpe a sus entrevistados? En realidad, ¿los trae para preguntarles o para avasallarles? Quizás lo que busque sea otra cosa: lograr el aplauso de los engañados, los indignados, los hipotecados y las víctimas del sistema con el que una vez, cuando pensábamos en comernos el horizonte, estrechamos la mano –ese aplauso es lo único que les queda: la revancha de los empobrecidos–.

Espectadores

Mareada por datos y la hemeroteca como dios omnipotente, Pastor se olvida de que la realidad no es Pressing Catch, y los espectadores se olvidan de que en Pressing Catch todo era fingido, de que en la WWF los zurriagazos eran coreografías estudiadas y ejecutadas con la precisión de un hipervitaminado bailarín del Bolshoi. Tras la contienda, un par de besos de cortesía, un apretón de manos y al día siguiente a mirar el índice de audiencia, últimamente directamente proporcional a los números de nuestra indignación y a los niveles de crispación social.

Yo estoy tan harto como ustedes de ver tantas sonrisas de hiena en los informativos, pero la solución no creo que sea sustituir –claro, somos civilizados, no bestias– las ejecuciones en la plaza del pueblo por los ejercicios de humillación pública en los televisores que coronan el centro de nuestros salones. O quizás esté yo equivocado y, en realidad, lo que de verdad necesitemos sea esta especie de revanchismo inútil, este reírnos de los demás para no llorar ante nosotros mismos, estos gritos que no conducen a nada más que a quedarnos roncos. La verdad, podrán comprobar, es que he empezado este 2014 con tan pocas respuestas como siempre. A Ana Pastor no le duraría ni un asalto.

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