Naranjas de la China

Woody y yo

19.01.2014 | 05:00

Santo Loquasto, Gordon Willis, Jack Rollins, Charles H. Joffe, Letty Aronson, Juliet Taylor... Los nombres de siempre en la tipografía de siempre ocupaban uno tras otro, en lenta sucesión, la pantalla en blanco y negro, con dixie y jazz de fondo audio, hasta que los créditos terminaban, como siempre, con «Written and directed by Woody Allen». No eran unos simples títulos de crédito; aquello suponía el primer rito para el regreso anual a un terreno conocido, el del humor, el drama y la inteligencia de un hombre, el escritor y director neoyorquino, que parecía entender a la perfección a personas como yo –a los 15 años pude llevar pantalones de pana sin remordimientos–. Pues bien, esta semana he visto la más reciente película de Allen y la he detestado.

Odiosa

Mi disgusto ha ido más allá del gusto; o sea, que no es sólo una cuestión de disfrute. Es que Blue Jasmine me ha parecido odiosa; porque odio es lo que debe recibir una película que odia a todo el mundo: por supuesto, al timador de altos vuelos que juega con el dinero de los demás; también a la esposa que miraba hacia el otro lado, hacia el lado de los escaparates de joyerías; y a los tipos de clase obrera que le recriminan a la mujer su caída del estatus privilegiado... Woody Allen odia a todo el mundo, al rico frívolo y sin sustancia, pero también al trabajador vulgar y rebajado a las pasiones subterráneas. No exijo un happy end a las películas, ni mucho menos; pero sí algo de humanidad, de intentar comprender a los personajes ante los que te sitúas cerca de una hora y media. Y si quieres destrozar a la gente, si quieres escribir una carta de odio a la sociedad –que, oiga, en su derecho estaría–, al menos tenga el talento de la misantropía. Porque, sí, amo el cine de un gran misántropo como Robert Altman, pero siempre me acercaba a él y a sus películas con la distancia prudencial que exige el trato con el buen cascarrabias.

Historias

¿Ha cambiado Woody Allen? ¿O he cambiado yo? Uno de los dos lo habrá hecho, digo yo. ¿Por qué antes conectaba con él y sus historias, y últimamente –porque Blue Jasmine no es una excepción: aquella Si la cosa funciona, con mi también adorado Larry David, exudaba el mismo desprecio– me siento incómodo? De una cosa estoy seguro de que no tiene nada que ver con su relación con su hijastra, Soon-Yi.

Si la pantalla en vez de proyectar los mismos títulos de crédito, con los mismos nombres en la misma tipografía, una y otra vez, hubiera reflejado mi cara, mis caras –desde que vi Zelig, quizás mi película favorita de Allen, hasta Blue Jasmine–, cómo mi rostro ha ido cambiando con la vida y sus asuntos, quizás entendería por qué. Y ahora tengo miedo de ver la primera peli que vi de Woody Allen, porque tengo miedo de encontrar al niño de 15 años que llevaba pantalones de pana y que se sentía tan diferente a los demás.

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