Las siete esquinas

Madre e hijo

23.01.2014 | 05:00

Entro a protegerme de la lluvia en un café donde sirven comidas baratas, y a mi lado, en la barra, me encuentro con una pareja muy extraña. Él es joven y lleva el pelo largo, a lo hippy, y tiene todo el taburete rodeado de servilletas arrugadas. Ella es mayor, o quizá no lo sea aunque lo parece, porque va muy pintarrajeada y se ha echado colorete en las mejillas y tiene unas grandes bolsas bajo los ojos, como si llevara mucho tiempo durmiendo mal o durmiendo muy poco, o como si estuviera sufriendo los efectos de una larga exposición a la intemperie. La mujer parece hablar sola mirando la pared, frente a un vaso de agua y un plato de ensalada que casi no ha tocado. A veces vuelve la cabeza hacia el chico joven, y le dice «hijo» y luego añade algo que no logro entender, pero el chico no le hace caso, así que ella se cansa y vuelve a mirar el vaso de agua y el plato sin tocar y los azulejos de la pared.

Mientras tanto, el hijo se está comiendo un plato de garbanzos con no sé qué, y a la vez que come se dedica a ir estrujando servilletas de papel, que acaban en el suelo rodeando el taburete y formando una pequeña montaña junto a las patas. El chico se traga dos o tres cucharadas, luego se limpia la boca con la servilleta, después la estruja con un gesto automático y la arroja al suelo. Siempre hace lo mismo. Toma dos o tres cucharadas de comida, luego usa la servilleta, luego hace la bola y luego la tira al suelo. No sé si será uno de esos famosos trastornos obsesivo-compulsivos, pero todo parece indicar que sí. Procuro mirar de reojo y calculo que ese chico con el pelo muy largo de hippy no tendrá aún los treinta años. La madre, que sigue a su lado mirando los azulejos de la pared, no debe de haber cumplido ni los sesenta, aunque el colorete y la expresión de hastío y la mirada fatigada la hacen parecer mucho mayor, casi una anciana. En este mismo momento veo que la madre se gira de nuevo y dice «hijo» y luego otras palabras que no entiendo, pero el hijo sigue sin escucharla, así que ella tiene que volver a refugiarse en el plato de ensalada y en el vaso de agua.

¿Son vagabundos? ¿Son una pareja de gente más o menos normal, de esa antigua clase media-baja que ahora ya ha tenido que acostumbrarse a vivir en una especie de decorosa semi-indigencia? ¿O son dos chalados que han decidido vivir juntos y fingir que son madre e hijo? Imposible saberlo, aunque lo más probable es que sean un poco de todo: vagabundos y chalados y también gente que antes vivía más o menos bien, pero que ahora ha caído en una pobreza más o menos visible o más o menos camuflada. El chico no parece haber trabajado en nada, aunque su pelambrera hippy nos puede hacer pensar que alguna vez tuvo inquietudes artísticas, y quizá se propuso ser músico o poeta o actor o director de cine. Si fue así, de todos aquellos sueños y de todas aquellas ilusiones sólo quedan la melena rubia y lacia y el montón de servilletas estrujadas. De la madre, que parece haber sido una mujer guapa, ya no queda casi nada, aparte del colorete y la expresión hueca y la mirada de una fatiga que ya no parece ni siquiera humana. Ignoro si viven de una pensión misérrima de 400 euros, o de un alquiler que tienen en algún sitio, o si tienen que sobrevivir más o menos de la caridad pública o de las ayudas de algún familiar que les da lo suficiente para que al menos una vez a la semana puedan comer el menú en una cafetería de comidas baratas. Cualquiera sabe.

Imagino que esta pareja es un producto típico de la crisis, aunque antes de que empezara la crisis había ya bastante gente como ellos dos, sólo que nadie reparaba en ellos o no los veíamos como ejemplos ni como casos sociales, sino como simples fracasados que por alguna razón habían echado su vida a perder. Ahora, en cambio, vemos a esta pareja como una categoría social y no como una simple anécdota humana, porque los identificamos con un caso concreto de los efectos de la crisis económica: gente que lo ha perdido todo o casi todo, y que subsiste de mala manera, nadie sabe muy bien cómo, y que de una forma u otra ya se ha adentrado en la espiral de la locura o la autodestrucción. Si hace diez años tenían aún sueños o esperanzas, todo eso se ha desvanecido. Y ahora están sentados los dos en la barra de un local de comidas baratas, comiendo el menú económico –quizá el único lujo que pueden permitirse en estos tiempos–, mientras la madre dice «hijo» y el hijo, sin mirarla, se dedica a estrujar con furia servilletas de papel.

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