Cartas al director

28.01.2014 | 05:00

El derecho a levantar la voz
Es evidente que una norma elemental de urbanidad manda no dirigirnos a nuestros interlocutores en un volumen demasiado alto (también debería considerarse descortés hablar tan bajo que no se entienda), pero como no somos de piedra, cuando tenemos más razón que un santo se nos debe dispensar de que alcemos la voz. Es una vil trampa que, un canalla que previamente nos ha ofendido, nos quite la razón porque le gritamos, cosa que ocurre no pocas veces. Concluyo con un refrán: «De las aguas mansas líbrenos Dios, que de las bravas ya me cuido yo».
Antonio Romero Ortega
Málaga


Los recortes
Yo ya no me tomo los recortes como tales sino como robo legalizado. Tenemos a supuestos criminales en nuestras instituciones, auténticos psicópatas, ya que no empatizan con el sufrimiento que la crisis ha causado, sigue causando y causará a los que como yo, una humilde funcionaria, de momento solo han tocado un poco. ¿Dónde han ido a parar los millones de euros que nos han quitado de nuestras pagas? Yo me resigné al principio para ser solidaria, para poder levantar a un país que había caído en un agujero. Pero ahora veo que no es así. Mi dinero ha servido para engordar a los que ya estaban con sobrepeso bancario.

Los medios informativos dicen eufóricos: ¡se han colocado tantos millones en deuda! Esto significa simplemente que nos han dado más crédito y que vamos a pagar caros intereses. ¿Quién va a pagar? La clase media, por supuesto. O mejor, los pringados, porque, si eres rico e inviertes en arte, el Gobierno ha anunciado una rebaja de impuestos. Si eres un instalador de aire acondicionado, ya puedes multiplicar los impuestos porque, aunque no se ha anunciado en la tele, ya es efectivo.

Tiene que ser muy duro ser un policía en estos tiempos, a no ser que seas un mala sangre de nacimiento. Sacar a la gente de sus casas para dejarlos en la calle, romperle la cara a un manifestante que protesta, vaciar las carteras de la gente con multas reinventadas y legalizadas. Curiosamente, somos nosotros, las víctimas, las que pagamos sus sueldos con nuestros impuestos. Y los pobres policías, sirviendo y defendiendo a aquellos que hacen de este país un sitio de ruina. No hay dinero para muchas cosas pero sí lo hay y ya se lo están gastando en gafas robocop para policías y equipos de ultrasonidos para dispersar protestas y destrozar literalmente los tímpanos de los manifestantes. La gente de a pie nos hemos convertido en el enemigo. Pero, ¿de quién somos el enemigo y por qué se toman tantas molestias en desinformarnos y reprimirnos?

Supongo que el pueblo, ya más que enfadado, debe empezar a dar miedo.
Montse Puyo Alques
Málaga

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