El adarve

El muslo es mío

01.02.2014 | 05:00

Es proverbial en mi familia una anécdota que tuvo lugar hace años. Un sobrino de corta edad fue invitado a comer a la casa de un amigo. Estaban sentados a la mesa los miembros de la familia, entre ellos varios niños, hijos del matrimonio, y su pequeño invitado. Cuando se sirvió una fuente con tajadas de pollo, el padre de familia dijo de forma rápida e imperativa:

¡El muslo es mío!

Nadie discutió la decisión. El padre se sirvió en primer lugar la tajada que había elegido. Al parecer, esa era la costumbre. Mi sobrino volvió a casa escandalizado. ¿Cómo era posible que el padre exigiese la mejor tajada? ¿Cómo podía suceder que los niños no eligiesen primero? Acostumbrado a ver a su padre conformarse con lo que nadie quería, habituado a ver en su casa que los hijos elegían en primer lugar y después lo hacían los padres, no daba crédito a lo que había visto y oído. Aquel hombre le pareció un padre desnaturalizado.

La expresión se convirtió en un lema que criticaba el autoritarismo de algunos padres, el abuso de poder de los adultos, el egoísmo de la gente. «Lo mejor y lo primero, para mí, compañero», es el lema del egoísta.

El aforismo castellano de «cuando seas padre comerás huevos» se había transformado en la casa de mi sobrino en una antigualla. Y los hijos sabían que ellos tenían prioridad cuando había que repartir. No es que ellos lo exigieran. Era lo que se solía hacer y lo veían natural. Por eso lo llamativo de la imposición paterna de la que fue testigo mi sobrino.

Todo lo que decimos y hacemos los adultos es, al parecer, por el bien de los hijos y de los alumnos. Pero solo los adultos decidimos qué es su bien. Y, en ocasiones, su bien casualmente coincide con nuestra tranquilidad o con nuestro egoísmo. Lo dijo Perich de forma magistral: La educación es un asunto de mucha paciencia, sobre todo por parte de los niños.

¿Quién no ha oído como niño y pronunciado como adulto alguna de estas frases?

– Cállate, que están hablando los mayores.

– Cambia de canal, que quiero ver el partido.

– Come eso y cállate.

– Vete a ver la tele y déjame en paz.

– Porque lo he dicho yo y punto.

– No me repliques.

– He dicho que no y es que no.

– Ahora mismo te vas a la cama.

– No vuelvas a decir eso.

– No te he dado permiso para hablar.

– No te levantes de la mesa sin permiso.

– Deja eso y ponte a estudiar.

– El domingo no sales.

– Te voy a dar una torta que te vas a enterar.

– Te pones esos pantalones y no se habla más.

– A esa excursión no vas.

– Ese amigo no me gusta para ti.

– He leído tu diario y me vas a tener que explicar algunas cosas.

– Mi deber es controlarte.

«Vete a ver lo que hace el niño y prohíbeselo», decía el padre a su esposa con voz destemplada. Hay quien todavía es partidario del cachete o del pellizco, e incluso de la zapatilla o del cinturón. Pero hay que decir tajantemente que el fin no justifica los medios. No me gustan las bromas al respecto. Me molesta oír a los adultos decir que un cachete dado a tiempo soluciona los problemas y es una lección que no se olvida. Pues no. Lo que aprende el niño golpeado es odio y desamor.

Yo no digo que los niños se tengan que convertir en los reyezuelos que dictan normas e imponen voluntades. No digo que lo mejor y lo primero ha de ser para ellos. Tienen que saber que les corresponden algunos derechos pero que también tienen obligaciones. Tienen que saber que hay otras personas en la familia que también tienen deseos, gustos y necesidades. Explica muy bien Javier Urra los riesgos de un comportamiento excesivamente complaciente que convierte a los hijos en tiranos. Lean su libro El pequeño dictador, que tiene un subtítulo esclarecedor: «De hijos mimados adolescentes tiranos»..

Si el padre quiere ver el telediario no puede imponer siempre el niño su voluntad de ver dibujos animados. Pero tampoco puede quedarse siempre relegado a un segundo plano por el hecho de ser niño.

No es casual que quienes escribieron los antiguos catecismos y dijeron que «hay que respetar a los mayores en edad, dignidad y gobierno» (como yo estudiaba de niño), eran casualmente los mayores en edad, dignidad y gobierno. Por cierto, ¿por qué tenían mayor dignidad? Habría que redactar el texto del siguiente tenor: «hay que respetar a todos y a todas, en especial a los menores en edad, dignidad y gobierno» Entre otras cosas porque tienen menos medios para hacerse respetar. No hay que insistir tanto en que el soldado tiene que respetar al general como en que el general tiene que respetar al soldado.

Los padres tenemos el deber de dar ejemplo a los hijos, de enseñarles a comportarse, a relacionarse, a vivir teniendo en cuenta la esencial dignidad de los seres humanos. Tenemos también que exigirles, ponerles límites, corregirles, imponerles las reglas de la convivencia solidaria.

He leído recientemente la última novela de John Boyne, autor de El niño con el pijama de rayas y de la también excelente La casa del propósito especial. Se titula Quedaos en la trinchera y luego corred. Tomo de ella un párrafo en el que el hijo comprueba lo generosa que ha sido con él su madre en una situación de penuria impuesta por la guerra: «Alfie (el hijo de 14 años) se preguntó si su madre había tomado la mermelada o si se la había dejado toda a él. Se levantó, fue al fregadero? Miró el cuchillo. Estaba casi limpio. Se lo acercó a la nariz. No olía a mantequilla ni tenía restos de mermelada. Si Margie (su madre) hubiera tomado, quedaría algún rastro. Se la había dejado toda a él».

Alfie percibe en ese detalle todo el amor de su madre. La jerarquía de la familia es la del afecto, no la del poder. La jerarquía familiar se basa en el sacrificio, no en el egoísmo; en la comprensión, no en la humillación; en el servicio, no en la explotación.

Lo que digo para la familia lo digo también para la escuela. La educación no puede asentarse en los privilegios. No debería suceder que haya en las escuelas wáteres para profesorado con papel toalla y jabón (con una cerradura que impide el paso a los intrusos) y wáteres para los alumnos que carecen de todo. No debería haber en la escuela un menú de dos categorías, una de primera para el profesorado y otra peor para los alumnos.

Una niña me dijo hace tiempo con evidente tono entusiasta:

- Hoy he comido filete de profesor en la escuela. Por lo visto se había terminado el menú infantil y le había correspondido un plato de mayor calidad. ¿Cómo pueden considerar la escuela un lugar suyo, querido, acogedor?

Creo que el peligro es aplicar la ley del péndulo. Pasar de un autoritarismo inadmisible a una permisividad dañina. O a la inversa. Por eso aconsejo la lectura del libro de José Antonio Marina titulado La recuperación de la autoridad. Crítica de la educación permisiva y de la educación autoritaria.

La solución es el tacto, la sensatez, la generosidad. Y, sobre todo, el amor. Porque la autoridad se gana con el ejemplo, con la paciencia y con el amor. Nadie ha dicho que educar sea siempre una tarea fácil, cómoda y placentera. El amor es exigente. Está lleno de trampas. Y nos obliga a pensar. Nos exige coherencia. Y nos impulsa a la comprensión, a la ternura y a la generosidad. Es decir, a no decir siempre de forma autoritaria: ¡el muslo es mío!

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