El adarve

La edad de la ira

12.07.2014 | 01:27

Acabo de leer una novela que había buscado insistentemente (después de escuchar al autor en una entrevista emitida por TVE internacional) y que una buena amiga, con quien intercambio libros como una forma estupenda de diálogo, me regaló amablemente.

Se trata de La edad de la ira, una novela escrita por Fernando J. López, profesor de Literatura de Secundaria, escritor y bloguero (imagino que por este orden). La acción se sitúa en un Instituto de Secundaria localizado en Madrid y describe con perspicacia la micropolítica de la institución (relaciones entre los diferentes miembros de la comunidad educativa, conflictos, quehaceres, amores€) mientras un periodista, exalumno de ese centro, busca explicaciones a un terrible asesinato. Se refleja muy bien en la novela la dinámica institucional, el entorno inmediato en el que se halla enclavado el centro y la vida de los adolescentes de hoy con sus crisis, emociones y sueños€ En esa coctelera encontramos violencia, acoso cibernético, trapicheos con drogas y videos en youtube con humillaciones diversas. Y, cómo no, la vida de los docentes, sus afanes y sus limitaciones.

La novela es de 2011 y ha visto su edición de bolsillo en 2014. Habla de los adolescentes de hoy. No sé si la adolescencia puede calificarse como la edad de la ira, en su acepción más precisa. Podría ser también la edad de la responsabilidad, de los retos, de la transformación, de la identidad, de los proyectos, de la cristalización sexual€ Dejémoslo así. No es un mal título.

Me han gustado de ella varias cosas y no me han gustado otras. Me ha gustado que se explore en el microcosmos que es un centro de enseñanza Secundaria. Se nota que el autor es un docente y que conoce bien el entramado complejo de relaciones que se produce en una institución de este tipo. Me ha gustado, porque yo también soy un docente, leer lo que sucede en patios y clases, lo que siente y dice la Jefa de estudios, el profesor de Literatura, la Orientadora del Centro, la profesora de Inglés, el Director del Instituto, los alumnos y alumnas que estudian en él, los padres y madres de familia€ Me ha gustado la trama que va adentrándose en la exploración de los motivos de un asesinato, me ha gustado que se profundice en el diagnóstico de una etapa tan peculiar como la adolescencia, me ha gustado la estrategia narrativa€. Y, sobre todo, el deseo de hacer visible la homosexualidad en la escuela.

Digo esto último porque creo que la novela plantea, de forma certera e insistente, esta cuestión: ¿qué pasa con los homosexuales y las lesbianas (más con los primeros) en las instituciones educativas? Hasta ahora han sido invisibles. Entre los personajes de la novela aparecen tres homosexuales: un profesor, un camarero del bar y un alumno que es el protagonista de la novela.

En el desarrollo de la trama se habla de una manifestación que se organiza para conquistar la visibilidad de la homosexualidad en las escuelas, pero también se habla de su fracaso, dado el escaso apoyo de la dirección y del profesorado a la misma.

Un profesor heterosexual, con apariencia de persona respetable, resulta ser un monstruo que acosa cibernéticamente a las alumnas y acaba con sus huesos en la cárcel, a raíz del suicidio de una estudiante del centro. Es decir, que no coloca la perversidad del lado de la homosexualidad sino en la esfera casi siempre puesta a salvo de la heterosexualidad.

El padre de Marcos, el adolescente protagonista, un hombre de firmes principios (algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones) reacciona así al enterarse de la opción sexual de su hijo: «Su padre decidió que aquello era una enfermedad que había que erradicar»

En mi libro «Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa» (Homo Sapiens. Rosario) dedico una de las cartas a un profesor homosexual. Y le digo: «Algunas veces te habrás planteado salir del armario. Lo pensaste mientras se lanzaba aquella campaña que llevaba por lema Una escuela sin armarios. Pero pensaste también: ¿Qué voy a ganar con ello? Acaso un poco más de aislamiento y un mucho de rechazo. Todavía siguen vigentes en nuestra cultura muchos resabios de homofobia. Han sido largos los siglos de persecución, de condena, de rechazo y de burla».

La homosexualidad en la escuela es una cuestión que no digo que esté sin resolver, sino que está sin plantear. Es una cuestión tabú. Está cubierta de silencio y sumida en aguas turbias. Por eso me gustó que, en la valoración gráfica y escrita que hicimos de una experiencia de master en mi Facultad de Educación, un alumno se atreviera a escribir de forma entusiasta: «Profe, soy gay y soy feliz».

No me ha gustado, por más que pueda tener apoyo en la realidad, la visión negativa que presenta del profesorado. Salvo algunas excepciones, como es el caso de Sonia, la Jefa de Estudios, presenta a los docentes como mercenarios, personas poco comprometidas y con actitudes racistas más que reprobables. Para colmo, esa magnífica profesional que es Sonio tiene que pedir una baja por depresión. Tampoco la dirección queda bien parada. Gerardo, el director, es una persona turbia, distante, rígida, autoritaria y que carece de las cualidades comunicativas más elementales.

«Esos (dice Raúl, un alumno, refiriéndose a los profesores en tono despectivo) con leernos el libro de texto y repetirnos todos los días lo idiotas y lo incultos que somos ya tienen suficiente. ¿Por qué no te vienes con una grabadora a alguna clase? Alucinarías€».

Pero no solo muestra una visión negativa del cuerpo de profesores en lo relativo a la docencia. También lo hace en lo relacionado con la educación. Una madre de un alumno inmigrante, dice: «En los cuadernos y en libros de mi hijo Ahmed he visto todo tipo de insultos escritos por algunos de sus compañeros. Insultos ante los que ningún profesor reacciona nunca. Pero lo peor no es que hayan tolerado todo eso fingiendo no verlo, lo peor es que se han cebado con él culpándolo de conflictos en los que era la víctima€».

Esta madre es aún más dura cuando dice poco después : «Solo estoy diciendo que han convertido a mi hijo en un salvaje. En alguien que no es. Alguien a quien han conducido hasta la violencia más extrema un puñado de racistas que no deberían estar, bajo ningún concepto, trabajando al frente de una clase».

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración), se consolida durante el desarrollo de la investigación y se cierra en el texto de contraportada cuando dice: «Marcos, un adolescente de clase media, asesina a su padre y deja malherido a uno de sus cuatro (debería decir tres) hermanos». Espero que el lector pueda encontrarla por si mismo. Digo esto, sin añadir más datos, porque no quiero desvelar el desenlace antes de que el lector abra la primera página. Como hizo aquel acomodador de un cine cuando, para vengarse de la escasa propina que había recibido de un espectador, se acercó a su butaca y le susurró al oído: «el asesino es el sheriff».

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