Pasando la cadena

El entrenador, técnico o gestor

08.04.2015 | 01:30

No es lo mismo entrenar a un grande que a un modesto, ni a juveniles o infantiles que a profesionales. Las diferencias son tantas, siendo el mismo juego, que resultan incomparables.

Podríamos alargarnos en supuestos, como imaginar a un Ancelotti, un Mourinho o un Guardiola, por citar a tres de los más mediáticos, entrenando al Almería, al Córdoba o al Granada en estos momentos, al Murcia o al Cartagena. ¿Qué podrían hacer más de lo que hacen los técnicos que les dirigen? Pues seguramente poco más, si fuera el caso de que lo consiguieran. ¿Y al revés? Pues muy posiblemente, esos técnicos modestos harían poco menos que los citados figurones de los banquillos, en el peor de los casos. Todo ello en condiciones normales, como se explica de las pruebas en laboratorio cuando se estudia química; es decir, con los mismos entornos sociales, ayudas y colaboradores, crítica, apoyos directivos, motivación de los jugadores, posibilidades económicas, etc.

Quiero decir con todo ello que al final, quienes tienen la llave del éxito o el fracaso en las realidades de cada club de fútbol en sus distintas circunstancias son los jugadores, sobre todo los más determinantes. Y para muestra tres botones.

En el supuesto del Real Madrid, la historia de Pellegrini hubiera sido muy distinta de no haber tenido a su mejor goleador histórico, Cristiano, lesionado media temporada, como tampoco la de Mourinho sin su paisano a tope en el equipo durante la mayor parte de su periodo, o la de Ancelotti actualmente. Con el chileno, además de cultivar su buena imagen institucional como club, los merengues lucieron un juego exquisito en gran parte de su gestión pero les faltó la gracia del gol en momentos puntuales. Y eso marcó su declive y caída. Con el portugués, por el contrario, es difícil recordar rachas de buen juego a pesar de sus buenos resultados en ciertos momentos importantes, apoyados, claro está, en los goles infinitos del paisano. Y ello, además, le sirvió tanto para ganar una Liga al mejor Barça de la historia como para que el mete dedos y mete patas luso engordara su también infinito ego, a costa demasiadas veces de la propia proyección pública del club blanco. La división y los enfrentamientos que originó tanto en el madridismo como dentro de la propia plantilla supusieron triunfos escasos y su indecorosa salida del Madrid. Sobre todo el evidenciado y curioso divorcio con Cristiano; otra vez los jugadores.

En el caso del Barça de Guardiola, es tan fácil recordar sus demoledores éxitos durante varias temporadas como su extraordinaria forma de jugar al fútbol, pero pese a contar con la mejor versión de Puyol, Xavi, Busquets o Iniesta es difícil imaginar tanta grandeza sin la paulatina aparición y progreso del mejor Messi; uno de los más grandes jugadores de la historia.

Y dejo para el final el ejemplo de la selección española porque no se conciben sus inolvidables conquistas, tanto con Luis como con Del Bosque, sin hacer referencia a la columna vertebral de los barcelonistas, que han pasado a la memoria eterna del fútbol con las ayudas puntuales o permanentes, según los casos, de los Casillas, Senna, Villa, Ramos o Torres, por citar solo a los más significantes.

Como resumen, los entrenadores deben ser unas veces más técnicos que gestores y otras al contrario, pero aunque sean protagonistas sería absurdo que olvidaran que sus éxitos o fracasos dependen en esencia de sus entrenados. Y es así, justamente, para lo bueno y para lo malo.

Por eso, sería excelente poner a los mejores técnicos, tanto en el juego como en la experiencia y en psicología, a entrenar a infantiles y juveniles, para que les enseñen a jugar bien y las reglas básicas de convivencia desde abajo. Por contra, habría que encargar a los buenos estrategas la gestión del talento de los profesionales, porque ya deben saber correr, driblar, saltar, dosificarse, darle a la pelota, pasarla o pararla.

Mención aparte a la gestión de egos futbolísticos, sociales, mediáticos y económicos; los que abundan entre los mejores; y a la estrategia de verdad: la planificación eficaz y eficiente, la inteligencia de potenciar las virtudes propias y aprovechar las debilidades del contrario, tanto solidaria como individualmente, y no a la tontuna de llamar como tal a lo que son meras jugadas ensayadas a balón parado. Importantes pero tan simples como llamar puzle a un folio partido en cuatro: la pelota, la portería, el compañero y el contrario.

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