En solo 725 palabras...

El turismo va mejor, tú...

Prohibámonos los escarceos amorosos con la oferta, no volvamos a preñarla, que terminará pariendo y ya somos demasiados. Contengamos nuestra libido antiturística

08.04.2015 | 05:00

Se ha producido un brote de alumbrados y adivinadores de mucho cuidado; severo, como las recidivas más virulentas. Desde temprano en la mañana se les ve dislocados, con el turismo entre los dientes, como Johnny Weissmüller en sus mejores tiempos tarzanescos, en lugar de llevarlo con mimo gosipino entre los labios, que es su sitio, porque el turismo no está hecho para aprovecharnos de él, sino para que él se aproveche de nosotros.

Los gobiernos, todos, desde el gran Estado hasta el pueblito más chico, se arrogan la autoría del milagro por milongas, al compás del dos por cuatro electoral, con coros. La Secretaría General, las consejerías, las empresas públicas, los patronatos turísticos de siempre, se llamen como se llamen ahora, insisten en que el milagro no existe, que son la diversificación de la marca y el savoir-faire los que han obrado el prodigio de la multiplicación de estancias, de turistas y de gasto medio en los últimos veinte meses, que en este caso viene a ser como aquellos panes y aquellos vinos y aquellos peces de antiguo. Una falaz tontería, como las variopintas que se arguyen por amor al voto incierto. Digo incierto porque es tanta la estólida facundia y la penuria ortográfica en el pelotón de perseguidores del voto, que pretendiendo ser votados, acabarán consiguiendo que los boten, sin más. «Al bien hacer jamás le falta premio», querido Sancho.

Sin que aún repercuta plenamente en la cuenta de resultados, el turismo va mejor, no cabe duda. Mantiene velocidad de crucero y rumbo para año de récords, si nada se tuerce. Que están yendo mejor las cosas, es evidente, pero nada que ver con las milongas al compás del dos por cuatro electoral; ni tan siquiera con el constante esfuerzo empresarial y profesional mantenido, que no es poco. La curva ascendente que empieza a producirse no obedece a ninguna variable de nuevo cuño que hayamos implementado. El crecimiento que nos aúpa viene de nuestros afueras y escapa completamente a nuestro control, y eso es una debilidad indeseable. ¿Qué hemos hecho de realmente novedoso en los últimos tiempos, nosotros, los custodios del producto y la promoción, para que el incremento se produzca? Nada significativo. Eppur si mouve..., dijo Galileo.

Ahora que andamos colgados de un subidón de moral, sobredimensionado por venir, como venimos, de un exangüe momento de oscura poquedad, aprovechemos las inercias y aunemos nuestras inquietudes; hagámoslas una sola inquietud y pongámonos al tajo; movamos algo para que cuando las cosas cambien el cambio obedezca más a nosotros mismos que a los de afuera. Prohibámonos los escarceos amorosos con la oferta, no volvamos a preñarla, que terminará pariendo y ya somos demasiados. Contengamos nuestra libido antiturística y no acrecentemos la prole de oferta, que en casa ya hay más cunas que niños.

Hace unos días, un amigo, de los históricos, ahora menos longilíneo, pero igual de alto que siempre, me aconsejó no mirar al pasado, para una tarea en común. Yo hace rato que solo me ocupo del presente, que es el único tiempo verbal que me permite interactuar y fabricar futuro. «El pasado es un prólogo» dice un personaje de Shakespeare que ahora no recuerdo, de ahí nuestra responsabilidad con el presente para evitar que ocurra lo que permanentemente-siempre ha ocurrido, que ahora nos mantiene malheridos para según qué ejercicios turísticos. Cuando cruzamos el umbral el pasado solo sirve para aprender. Por eso, si el pasado sirve de modelo, rehagamos el camino, y si sirve de antimodelo, evitemos ese camino. Nuestra historia nos ha traído más antimodelos que modelos. Pocas, muy pocas veces hemos hollado nuevos caminos. El pasado bien entendido es un maestro impagable.

Hagamos de lo consuetudinariamente negativo el antimodelo por antonomasia e inquietémonos porque las cosas –otra vez– vayan mejor por «intervención divina». Ocupémonos de que la sobrecarga del territorio, que es previsible durante los meses de estío, no se convierta –otra vez– en el borrón que amancille la calidad experimentada por cada individuo-turista, que eso sería repetir un ejercicio que ya conocemos. ¡Vade retro, antimarketing! Tratemos la estacionalidad con el respeto que merece, que la estacionalidad cuando ocurre es en verano, no en invierno. Descubramos cuál es la masa crítica, analicémosla y escuchémosla, que es ella la que tiene el secreto de la vida eterna de los destinos turísticos.

El turismo va mejor, tú... No le rompamos las piernas.

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