360º grados

Milicianos españoles contra el Estado Islámico

12.04.2015 | 05:00

Nos informaba un corresponsal el otro día de la presencia de un grupo de milicianos españoles en el desmembrado Irak, donde combaten junto a las milicias kurdas al Estado islámico. Se trata, según el periodista, que fechaba su crónica en Estambul, de españoles de «ideales comunistas» que dicen luchar «contra el fascismo como se luchó en España» en su día.

La información iba ilustrada con una foto tomada de un vídeo en la que aparecía el miliciano, de nombre supuesto Paco Arcadio, con la cabeza totalmente cubierta por un pañuelo y dos banderas al fondo: una republicana y otra con la hoz y el martillo. Los combatientes españoles pertenecen a una escisión de las Juventudes Comunistas, llamada Reconstrucción Comunista, que llegó a Siria a comienzos de año y se unió a un batallón integrado por militantes de distintas nacionalidades.

Ni Paco Arcadio, cualquiera que sea su nombre auténtico, que no quiere revelar por temor a represalias de las autoridades españolas, ni sus compañeros habrán leído a Slavoj Zizek, pero los motivos que aducen para justificar su combate –la lucha contra el fascismo– me recuerdan unas recientes reflexiones sobre el islamismo de ese filósofo esloveno. En varias entrevistas, así como en un opúsculo publicado en Alemania bajo el título de Pensamientos blasfemos: el Islam y la modernidad (editorial Ullstein), Zizek, señala que la evolución última del fundamentalismo islámico confirma una idea expresada en su día por el también filósofo alemán Walter Benjamin según el cual «todo surgimiento fascista testimonia de una revolución fallida».

«El auge del fascismo es el fracaso de las izquierdas, pero también la demostración de que existía un potencial revolucionario: que había una insatisfacción con el anterior estado de cosas, que la izquierda, sin embargo, fue incapaz de movilizar», comenta Zizek. Pero éste va más lejos en sus razonamientos y se pregunta por qué, por ejemplo, en Pakistán, cuando en 2009 un grupo de talibanes se hicieron con el control del valle de Swat, aprovechando el descontento de los numerosos campesinos sin tierras con un pequeño grupo de latifundistas locales, ni los liberales de ese país ni sus aliados norteamericanos aprovecharon ese descontento para ayudar a los primeros.

La triste respuesta a esa pregunta, escribe el marxista esloveno, es que «las fuerzas feudales de Pakistán son los aliados naturales de la democracia liberal». Y continúa: «El fundamentalismo es una reacción –naturamente una reacción falsa y mistificadora– a unos fallos reales del liberalismo, que por eso mismo acaba generando una y otra vez fundamentalismos». La lucha de esos milicianos extranjeros contra el Estado Islámico no podrá nunca equipararse a la de las brigadas internacionales contra el fascismo en la guerra civil española por más que algunos intenten adornarla con ese halo romántico.
Si hay quien opina lo contrario, idealizando sobre todo la lucha del pueblo kurdo por su supervivencia, es que olvida a esas potencias que ahora también combaten al sedicente califato que contribuyeron a alimentar con su fanática ideología mientras se proclamaban aliadas de Occidente. Potencias como la feudal Arabia Saudí, cuna del más extremo y misógino wahabismo.

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