Obituario

Fernando Arcas Luque: El ingeniero de Los Sauces

22.04.2015 | 00:51

Acaba de morir Fernando Arcas Luque, mi padre. Fernando Arcas era ingeniero de caminos, funcionario, uno de los fundadores del Colegio Universitario de Málaga, profesor de álgebra, de astronomía y de bioestadística de las Facultades de Ciencias y Medicina de la Universidad.
Mi generación, como en la canción de Pink Floyd, ha hecho en parte su camino teniendo enfrente el muro de nuestros padres. Y el paso del tiempo y la propia vida han ido haciéndonos más cercano y nuestro ese muro, por muy alto e impenetrable que pareciera.

Los ingenieros de caminos fueron piezas fundamentales en aquel estado de obras de la época de Franco. Cuando de niño me llevaba a visitarlas, se palpaba el poder que tenían, aunque también la incredulidad de la gente ante las promesas de la nueva carretera, del puente o del asfaltado. (Luego, cuando fui delegado socialista de Cultura y Medio Ambiente me preguntaron en alguna ocasión si era familiar del ingeniero que trajo el agua, la pista, el puente o la carretera). Como era un hombre muy religioso, y experto en obras hidráulicas nos decía que había cumplido el ideal bíblico de dar de beber al sediento.

Mi padre fue de los primeros técnicos en viaje de estudios a los Estados Unidos tras los acuerdos Franco-Eisenhower de 1953. A los ingenieros norteamericanos les decía que sus obras eran más grandes, pero que los españoles las hacían en condiciones y lugares mucho más difíciles, como la presa que proyectó en el río Guadarranque. Conservamos sus fotografías de ese viaje de 1959, y la visita a los estudios de Hollywood en la que aparece con Audrey Hepburn como guía. Era fascinante contemplar aquellas diapositivas que te llevaban a la Quinta Avenida, al Yellowstone o al Cañón del Colorado, que entonces parecían estar a una distancia lunar.

Como ingeniero humanista tenía buena discoteca, buena biblioteca, los notables cuadros de mi abuelo el notario y laboratorio fotográfico en el que aprendí a revelar y a no moverme nunca sin una cámara al cuello. Nos deja sus películas de 8 mm, montadas y sonorizadas por él, algunas de valor documental, con la demolición de las chabolas del Arroyo del Cuarto, o la almazara de «Las Monjas» en Baena (Córdoba). Como andaluz de Jaén y de campo fue un apasionado de la cacería mayor y menor. Y un deportista del tenis y del golf, donde resistió hasta después de los ochenta años.

En Los Sauces, su casa de Pedregalejo, hubo siempre perros, huerta, gallinero, pajarera y, sobre todo, carpintería. Años más tarde estudió modelado en la Escuela de Artes y Oficios y llegó a exponer junto a sus jóvenes compañeros, entre ellos el artista Diego Santos.

Para comprender a mi padre, incluso al combatiente requeté de 18 años de la Guerra Civil, no puede prescindirse de la religión. En ese sentido también fue humanista porque estudió teología, fue el primer transcriptor, con Alfonso Fernández Casamayor, del Nuevo Testamento a un programa informático que enviaba gratis a quien se lo pidiera, y enseñó informática a los estudiantes de Teología del seminario. Amigo de Ramón Buxarrais, de José María González Ruiz, de Fernando Sebastián y de Antonio Dorado, fue un intelectual liberal en la concepción religiosa, muy crítico sobre todo con las formas, las imágenes y su culto y las tradiciones. Cuando tenía sesenta años conoció a unos curas vascos misioneros en Angola. Fue quizá su última extravagancia porque estuvo con ellos en la misión de Malange y su pelo blanco le ganó inmediatamente la admiración de los habitantes como uno más de los ancianos de la tribu.

Mi padre nunca habló de la guerra civil cuando éramos niños. Luego comprobé que esta fue una actitud bastante generalizada en los dos bandos combatientes. Estos últimos años aproveché para sacar el tema, para comprender cómo además de uno de los vencedores de la misma, había sido también su víctima, pues las guerras finalmente no construyen nada. Fue también una persona valiente, porque acudió en pleno franquismo a la llamada de Cristina Almeida para testificar a favor de su compañero del Colegio Universitario Miguel Lahoz, acusado de pertenecer al FRAP.

Mi padre fue un fiel seguidor de la prensa, donde colaboró en numerosas ocasiones. Pero no fue un malagueño al uso, y no porque hubiera nacido en Jaén, sino porque aunque tenía multitud de amigos –los míos le admiraban–, se definía como misántropo, y huía de la vida social para llenar más aun su insaciable afán de hacer muchas cosas diferentes. Era admirable su capacidad de no mirar al pasado, y su resolución firme de que nada negativo o triste empañara su vida. Y su voluntad férrea para que nada que dependiese de él le venciera, gracias a su actividad y a su diligencia para hacer las cosas. La determinación tan humana de no estar dispuesto a renunciar a ser feliz en esta vida, aunque creyese firmemente en otra.

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