En solo 725 palabras...

Sottovoce

Cuando treinta y ocho de los nuestros fueron obligados a abandonar su puesto en la vida en nombre de la sinrazón, todo el turismo hizo suyas sus ausencias

01.07.2015 | 05:00

Desde el pasado viernes, más que hablar bisbiseo. Mi voz no da para más. Cada vez que un turista pierde la vida en acto de servicio, mi voz me abandona. Cuando el grito de la pólvora y del plomo y de la ráfaga y del puñal de los que matan en nombre de otros se instala en las tribunas de muerte, mi voz se marcha y se recoge y se acurruca en su rinconcillo de clausura y de duelo infinito. No puedo remediarlo.

Quizá mi voz no haga bien, porque cuando los bramidos de la ira y la locura alteran el destino y convierten el sueño de un turista en su último acto de vida y en su primer acto de muerte, es, quizá, cuando mi voz debería agigantarse y desbordarse hasta llegar a los confines del universo, porque turistas somos todos. Pero eso no ocurre. Qué sombrío es el negocio de ahorrar para comprar vida y terminar comprando muerte...

El viernes se activaron las estadísticas sensibles. Cuando treinta y ocho de los nuestros fueron obligados a abandonar su puesto en la vida en nombre de la sinrazón y el desatino, todo el turismo mundial hizo suyas sus ausencias. Aunque a veces no lo parezca, en la ecúmene turística siempre ha brillado la empatía y el sentimiento de pertenencia a ella, por eso estoy convencido de que todos y cada uno de los millones de turistas que estaban de servicio el viernes, y todos los profesionales turísticos del mundo, vivimos el suceso de Susa con la cercanía y el dolor de lo nuestro.

El viernes se rompieron las estadísticas frías. Los treinta y ocho turistas empujados a dejar de serlo rompieron todos los cálculos y todas las cábalas y todos los sueños de la industria turística tunecina. Y el eco de la pólvora y del plomo y de la ráfaga y del puñal de ese día empezó a traspasar sus fronteras. Y, al alza o a la baja, todos los escenarios estadísticos del turismo mediterráneo empezaron a verse afectados. Cuando esto termine de ocurrir, que será en breve, que no cunda el olvido; que los treinta y ocho de los nuestros que ya no están no desaparezcan de nuestra memoria traslapados por las barras y las columnas y las líneas de los gráficos estadísticos. La muerte ajena y los gráficos propios nos han cegado tantas veces... Especular con que la oferta turística de nuestros destinos turísticos pudiera crecer al arrullo de la muerte, sería otra vez confundir los síntomas con las causas, y caer en las redes de un error con mal pronóstico. Ningún crecimiento que no responda a estrategias concebidas y puestas en escena como resultado de la planificación podrá justificar nunca el crecimiento de la oferta turística. Salvo milagro divino –que una vez lo hubo–, los crecimientos de la oferta turística que se producen en función del crecimiento espontáneo y/o circunstancial de la demanda turística, jamás podrán ser sostenibles. Hay realidades travestidas de regalo de los dioses que, a la larga, resultan ser rotundos escupitajos al cielo.

Me asusta que el brillo de los buenos resultados turísticos nos ciegue otra vez. Me desasosiega que el repunte que nos asiste desde hace un par de ejercicios sea de alta graduación, y que sus efluvios nos anestesien la censura individual interna y nuestras variopintas entendederas. Me inquieta que los luctuosos últimos sucesos contribuyan a auparnos en nuestros pedestales y confundamos lo circunstancial con lo causal, otra vez. Me intranquiliza que nuestros responsables turísticos interpreten sistemáticamente que los resultados habidos –y los previsibles a corto plazo– obedecen cuasi exclusivamente a nuestros buenos oficios, cuando lo cierto es que las más de las veces obedecen a variables que nunca controlamos y, lo que es peor, que nunca controlaremos mientras sigamos ofuscados con el pseudogatopardismo de cambiarlo todo, pero tan insustancialmente que, a la postre, nada cambia.

Seguro que nunca fue la intención lampedusiana la que presidió nuestros actos. Seguro que es casualidad que la época en la que El gatopardo fue escrito coincida con la del nacimiento turístico de la Costa del Sol, pero no deja de ser curiosa la cosa, ¿verdad...?

En fin..., mis palabras de hoy han sido sottovoce, porque la voz de mi pluma no da para más. Descansen en paz los treinta y ocho miembros de nuestra familia que el fanatismo nos ha arrebatado.

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