Málaga de un vistazo

Sitios (II)

02.07.2015 | 05:00

En el anunciado recorrido veraniego por distintos lugares, hoy me toca echar la vista atrás y recorrer a contramano el tiempo. Con unos doce años habrá suficiente para ver el cambio de la zona de Nosquera. En los años de mi recién estrenada mayoría de edad las calles tenían nombre de bar. Donde ahora se ven pisos de alquiler u oficinas de asesores fiscales, entonces solo se veían puertas borrosas de antros memorables. Desde el Muro de San Julián hasta Comedias cinco locales marcaron una etapa que, lastimosamente, quedó atrás. Las noches de B52, litrona en ristre, escuchando Héroes del Silencio entre tipos que me doblaban en edad y que sabían de música y de vivir la noche como si se hubieran doctorado cum laude en Harvard. Hay especialidades que nunca estarán valoradas de forma merecida por la Academia. Era en Sin Perdón donde se manejaba el ambiente más acorde con los dieciochoañeros outsiders que preferían salir en zapatillas y camiseta en lugar de atenerse a las formalidades de la camisa y los zapatos que exigía la cercana Metropol. Camisa que, en algunos casos se convertía en una prenda terrible y cuasi demoníaca. No recordemos las parcheadas con logos de Rotweiller o Bad Boy. Mis años de juventud fueron los del canto de cisne de Contrarreloj, con aquella barra que te hacía desaparecer por la puerta de atrás en plena Feria, sin despedirte y sin dar explicaciones de cuál era la siguiente parada. Pero lo dicho, me duró poco aquella historia. Entonces fui mucho más, y sigo siendo –cuando puedo–, de Indiana. Ese bar tiene –y sobre todo tenía– todo lo que necesitaba: oscuridad y poco espacio. Entiéndase la variable de la oscuridad como una ventaja en la guerra de la noche. Indiana ha manejado siempre una discoteca, en el sentido archivístico de la palabra, envidiable y difícilmente mejorable. «No me faltes nunca, yo tengo derecho a ser feliz?».

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