El contrapunto

La sangre de los otros

04.07.2015 | 05:00

En ese viernes siniestro, todos aquellos momentos atroces llevaron su connotación literaria. Suele ocurrir. Aquel enloquecido y mutante ángel de la muerte, recorriendo las arenas blancas de la playa tunecina de Susa con su Kalashnikov, recordaba el título de un luminoso ensayo de Aldous Huxley sobre un lejano oasis tunecino. Se publicó en los años veinte en Vogue, una de las revistas más civilizadas del planeta.
Aquella orgía de sangre y odio en la pacífica Susa (los ingleses utilizan el nombre francés del lugar, Sousse) me recordó a Tony Judt, amable exorcista al servicio de la inteligencia política total. Decidió comenzar su libro, Pasado imperfecto, tan gálico como imprescindible, con esta cita de Albert Camus: «Toda idea errónea termina en un derramamiento de sangre, aunque siempre sea sangre ajena». Pronuncio, reverente, los sonidos del párrafo original de Camus: «Mais il s´agit toujours du sang des autres». En francés la sangre es palabra masculina.

Theresa May, la «Home Secretary» del gobierno británico, estuvo con su anfitrión tunecino y otros ministros europeos en el acto –emocionante por su sencillez– que se improvisó sobre las arenas de aquella playa ensangrentada. De luto riguroso, marfileña y contenida en el dolor por sus compatriotas sacrificados en bárbaros rituales. Theresa May, en su breve severidad bíblica, nos recordó los destellos de luz en una tragedia incomprensible por su estúpida crueldad. Habló de Mathew James, un turista británico, un joven técnico de instalaciones de gas. Mathew decidió proteger con su cuerpo a Sarah, su compañera y la madre de sus dos hijos. Recibió tres balazos. En el torso, en el hombro y en la cadera. Ahora se recupera en el Hospital de la Universidad de Gales. No quiso hacer declaraciones. Le hubiera parecido inapropiado evocar su buena suerte y aún más: rechazó la admiración generada al haberse convertido en un generoso escudo humano. Estaba demasiado cercana la muerte de aquellos otros acompañantes, menos afortunados que él. Los que compartieron aquella playa creada para los que aman la vida, el sol y el mar. También acertó Theresa May al recordarnos que no pocos tunecinos –empleados del hotel o pequeños comerciantes de los alrededores– arriesgaron sus vidas al acudir para proteger a las víctimas.

Las playas y el mar se convirtieron en un símbolo de emancipación social a partir de la década de los años veinte del siglo pasado. Fue en Cannes, en la Costa Azul francesa, donde los hoteleros por primera vez decidieron abrir en verano (la temporada baja) sus hoteles y sus playas. Gracias a los «congés payés», los trabajadores franceses beneficiarios de las vacaciones pagadas, se pudieron mejorar las cuentas de resultados de sus hoteles. A partir de entonces, nada sería lo mismo. Las playas se convertirían en los nuevos templos, en lugares donde rendir culto a los valores de un mundo nuevo.

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