Al azar

La democracia griega asusta a europa

05.07.2015 | 05:00

La economía es una disciplina científica. De ahí que los jerarcas de la troika acaben de celebrar sus cinco primeros años experimentando con la rana griega para que se convierta en príncipe, un desenlace que curiosamente no se ha producido. En la versión infantil de esta fábula para adultos irreprensibles, el Fondo Monetario, el Banco Central Europeo y la Unión Europea desembarcaron en Grecia cuando el país tenía una deuda que han logrado aumentar. ¿En qué ha consistido pues su labor redentora? Muy sencillo, este fenomenal triunvirato de mudanzas ha trasladado del sector privado al público el impago a los grandes bancos europeos. Es decir, las entidades financieras cobran cantidades que nunca debieron invertir, y las sumas adeudadas por Atenas más intereses se descargan sobre los lomos del conjunto de la ciudadanía europea, con perdón. Los griegos son espectadores dolientes de un partido de voleibol que se disputa sobre sus cabezas.

La democracia griega asusta a Europa, puesto que el referéndum británico que cuestionará a la UE no ha causado una polvareda semejante. Dado que toda decisión económica también es política, la situación actual enmarca la continuación de la guerra por otros medios más crueles. La zanahoria del rescate pretende frenar a Syriza y fuerzas afines, que se limitan a solicitar la «refundación del capitalismo». Este eslogan fue lanzado hace siete años por el antisistema Nicolas Sarkozy, sin más efectos visibles que su pérdida del Elíseo.

La hostilidad contra el gobierno democrático de Atenas alcanza niveles inverosímiles entre socios. No se recuerdan insultos tan desaforados de los gobernantes europeos a ningún colega, aparte de que Tsipras ni siquiera estaba en el poder cuando se desencadenó la locura. Zahieren a un primer ministro continental con mayor saña que a los dictadores chino o saudí. Cometen el error estratégico de ofender a los votantes de la coalición helénica, con lo que contribuyen contra su voluntad a la «cohesión social» que Syriza presume de colocar por encima de la satisfacción de los intereses de su deuda.

El mundo no se acabará en Atenas, pese a la profecía finisecular de Tomas Piketty. El Apocalipsis o Acropolipsis está muy sobrevalorado. La mera evocación de la dilución del efecto 2000, las gripes aviares o el ébola demuestra que las catástrofes se cronifican, al igual que las enfermedades. Por tanto, la primera labor periodística consiste en dilucidar si la gravedad de la situación está en proporción al despliegue a su alrededor. La tragedia de Sófocles no se sofoca remitiendo a un centenar de enviados especiales a Grecia. Nadie viaja con gastos pagados y la audiencia en juego para decidir que se ha exagerado el impacto de la realidad circundante. Los periodistas no deciden lo que es importante, lo importante es lo que sucede alrededor de un periodista.

El reloj que define la proximidad a un holocausto nuclear se ha trasladado a Grecia, que se encuentra a cinco minutos del colapso desde hace años. Frente a la tentación abandonista, los billetes que llevan los españoles en la cartera vienen firmados por un extranjero llamado Mario Draghi, y no pierden por ello un ápice de su valor adquisitivo. La deuda griega supone una carga de 40 mil euros para cada habitante de dicho país. En estas condiciones de surrealismo contable, hasta el FMI se ha desmarcado del debate bizantino sobre si los bancos griegos mantenidos artificialmente por el BCE sufren una crisis de liquidez o de solvencia. Grecia es una rana, no un príncipe, por ponerlo en un lenguaje que soslaye la palabra quiebra.

La animosidad contra Grecia tampoco se justifica por la supuesta tiranía de un país mediano que pone en vilo al conjunto de la UE. Un referéndum en Dinamarca estuvo a punto de tumbar a la Europa de Maastricht, que salvó la crisis con las concesiones de rigor a los daneses y una nueva consulta popular. Los excesos se pagan con mayor puntualidad que las deudas. El fuego a discreción contra Atenas ha ocasionado algún sobresalto entre los lapidadores. Rajoy lidera la ofensiva de insultos a Syriza/Podemos pero, en medio de la refriega, ha tenido que soportar que Juncker calificara a España de país rescatado. Quedaban así desmontadas las fabulaciones del Gobierno del PP sobre la ausencia de una operación de salvamento.

La condescendencia es la característica dominante en el trato dispensado por los foros financieros y políticos a los revoltosos gobernantes griegos. El tonillo de superioridad complaciente no puede sorprender en un país donde las ranas disfrazadas de príncipes dan lecciones paralelas de etiqueta a los intrusos de Podemos. Un ejercicio de doma bajo el ubicuo pretexto de la deuda.

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