Las siete esquinas

¡Viva Túnez!

05.07.2015 | 05:00

Hace años, en un tenderete en Sousse, en Túnez, me comí un maravilloso sándwich tunecino –atún, huevo duro, pimientos, cebolla, harissa– que al día siguiente me provocó una gastroenteritis y fiebre alta y me tuvo dos días sin poder salir del hotel, escuchando el ruido de la lluvia (llovía mucho en Túnez cuando estuve allí) y leyendo un libro de Peter Handke. Pero aun así, guardo un recuerdo muy bueno de Túnez. Detrás del tenderete, en las murallas de la ciudad vieja, había una gran inscripción a favor de Habib Burguiba, que fue el «presidente vitalicio» de Túnez desde 1957 hasta que perdió la cabeza a causa de la edad y fue depuesto por el jefe de su policía política (un clásico en la historia de las dictaduras y las revoluciones9. «Presidente vitalicio» era un burdo eufemismo para ocultar que Burguiba era un dictador, pero de todos modos no fue un dictador ni demasiado cruel ni demasiado estúpido. En Túnez los derechos de la mujer eran mucho más amplios que en cualquier otro país del Magreb, y además los derechos sociales eran bastante aceptables y no se limitaban a ser un simple simulacro. Es decir, que Túnez era un país pobre con una economía en precario –hablo de los tiempos anteriores al turismo masivo–, pero al menos disfrutaba de unas condiciones de vida relativamente dignas.

Solemos creer que los cambios políticos radicales traen también las transformaciones sociales más radicales, pero eso no es verdad. Si Túnez tiene ahora la legislación más liberal y la Constitución más reformista de todo el Magreb, eso no se debe a la «primavera árabe» ni a los nuevos gobiernos que han sustituido a Burguiba y a su sucesor, el jefe de la policía política. Por supuesto que esos gobiernos han actuado con una extraordinaria sensatez, apostando por el consenso en vez del enfrentamiento civil –siguiendo el ejemplo de la Transición española–, pero la tradición en cierta forma liberal de Habib Burguiba –liberal en materia de costumbres y en materia de economía– fue la causante de que hubiera en Túnez un cierto sustrato social que rechazaba el integrismo y el autoritarismo.

Hoy por hoy, si hay un país que odian los yihadistas y todos sus amigos y encubridores –y todos los tontos útiles del «buenrollismo» que justifican y comprenden a los yihadistas porque son pobres y explotados y excluidos–, ese país es Túnez. Cuando yo estuve en Sousse el turismo empezaba a llegar y se estaban construyendo hoteles por todas partes, pero vi a un hombre que abría surcos en un campo con un arado romano tirado por un dromedario, tal como se debería de haber hecho hace miles de años. Y aun así, los tunecinos con los que hablé me parecieron gente abierta, cordial y muy enterada de las cosas. Y a diferencia de Marruecos, donde siempre te sigue, vayas a donde vayas, una banda de moscones que te invita a comprar alfombras o te quiere presentar a un primo que tiene un restaurante con la mejor «pastela» o que te ofrece unas moscas cantáridas que son mucho más potentes que la viagra, en Túnez te dejaban circular con una gran libertad. Nadie se metía contigo, nadie te importunaba, nadie te preguntaba adónde ibas o qué querías o qué buscabas. Un alivio para cualquiera que haya intentado caminar a su bola por una calle cualquiera de Marruecos.

El viernes pasado, en Port el Kantaoui, muy cerca de Sousse, un estudiante universitario de 23 años mató a tiros, con un kalashnikov, a 39 turistas occidentales que estaban tomando el sol en la playa y en la piscina de un hotel de la cadena mallorquina Riu. El estudiante mató fríamente a señoras mayores, a niños, a familias enteras, a cualquiera que se le pusiera por delante. ¿Las razones? Como es natural no hay ninguna razón que pueda explicar un hecho así, y cuando alguien la busca, es que en realidad es un tonto o un psicópata. Los bárbaros del Califato Islámico justificaron la matanza en Twitter porque Sousse era una «guardia de la fornicación y la apostasía». Y un antiguo rapero tunecino, Emino, que antes cantaba la fornicación y la apostasía –hasta que lo condenaron por posesión de marihuana y huyó a Siria, donde se afilió al Califato, felicitó al asesino por su buen trabajo y sus buenas intenciones. Los conversos siempre son los peores, y en el Califato, por desgracia, abundan los conversos, que creen encontrar en esta versión rigorista y psicopática del Islam una forma de canalizar el odio que sienten hacia todo lo que signifique libertad, pensamiento libre o capacidad de disfrutar de la vida. Y mientras tanto, nuestra izquierda más supuestamente radical sigue sin querer darse cuenta de lo que significa el yihadismo porque los malos siguen siendo la CIA y los oligarcas. Vamos bien.

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