Tierra de nadie

Romper la baraja

06.07.2015 | 05:00

Suponemos que a tal hora amanece y a tal otra anochece. Ignoramos qué ocurriría si un día, a las tres de la madrugada, el Sol no se hubiera retirado o a las siete de la mañana no hubiera salido. Cuando arrojamos una moneda al aire, cae. Quizá algunas no caen, pero nosotros las vemos precipitarse porque vemos lo que esperamos ver. Funcionamos sobre supuestos para conjurar el caos, que es lo que en realidad domina nuestras vidas. Ayer, sobre las seis de la tarde, fui a la tienda de los chinos de la esquina y, ¡admirable de decir!, estaba cerrada. Volví sobre mis pasos, pero antes de llegar a casa di la vuelta para comprobar que realmente estaba cerrada. Y la encontré abierta. Le pregunté al chino que había ocurrido y dijo que nada. Todo había sido una alucinación de mis sentidos.

La labor de la política consiste en que funcionen lo supuestos que conforman la realidad. En otras palabras, que la Ley de la Gravedad esté garantizada durante las 24 horas del día los 360 días del año. Quien dice la Ley de la Gravedad dice los cajeros automáticos. Un cajero cerrado descoloca más que una tienda de chinos cerrada por defunción. Quien dice los cajeros dice las pensiones, etc. La vida funciona por supuestos tales como que los hijos deberían vivir mejor que los padres. Cuando empiezan a fallar los presupuestos básicos, el votante enferma y, con él, la sociedad a la que pertenece.

El Estado debería ser un generador de rutinas. Solo desde ellas apreciamos las novedades sencillas (unas vacaciones en la costa, por ejemplo). El Estado no está para amargarnos la existencia. Ya nos la amargamos nosotros en nuestra vida personal, que habilidad no nos falta. El Estado debería ser una instancia tranquila, no un manojo de nervios. No deberíamos levantarnos todos los días y preguntarnos: ¿Cómo estará hoy el Estado? ¡Rayos!, no deberíamos ser nosotros los que nos preocupáramos por la salud del Estado, sino el Estado el que se preocupara por la nuestra. Lo cierto, en todo caso, es que le ponemos el termómetro cada cuarto de hora porque nos mira como si tuviera fiebre. Así no se puede vivir. O guardamos las formas o se rompe la baraja.

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