Las cuentas de la vida

La centrifugadora griega

11.07.2015 | 05:00

Sujeta a los efectos de la centrifugadora del Egeo, la prensa alemana empieza a adoptar tonos nibelungos. Para un tabloide como Bild, Alemania necesita una canciller de hierro capaz de poner en vereda a los díscolos griegos. Un medio del prestigio de Der Spiegel, por su parte, acusa a Merkel de cierta vacilación a la hora de afrontar decisiones impopulares. Diríamos que la aguja de la brújula europea oscila, falta de una orientación clara. Por un lado, la presión populista de los países más afectados por la crisis va creciendo a lo largo de todo el arco mediterráneo. Estos partidos carecen de propuestas viables, de programas articulados y equipos solventes, pero han logrado conectar con el desencanto de millones de votantes, hartos de la corrupción institucional, del deterioro en la calidad de vida y de las perspectivas sombrías del futuro. En este relato, de una notable puerilidad, los países acreedores –que, no lo olvidemos, representan los intereses de millones de ahorradores particulares– aparecen como una organización imperialista que se aprovecha de la debilidad estructural de las naciones menos favorecidas. La dialéctica se reviste de orgullo patriótico y de retórica pseudorrevolucionaria. Las tácticas de comunicación se alimentan de los recursos de la propaganda. Pero tales estrategias, reconozcámoslo, no son exclusivas del sur.

Más al norte, la presión populista actúa en un sentido contrario. Si en los países mediterráneos predominan los partidos de la izquierda antisistema, en el corazón industrial de Europa prevalece un hartazgo de signo opuesto. La portada de Bild nos plantea un discurso moral distinto, que encaja con otra dialéctica de buenos y malos: ¿por qué hay que mantener con nuestro dinero a los estados irresponsables y a los gobiernos mentirosos? ¿Por qué los alemanes se jubilan a los 67 y los griegos a los 55, o quizás antes? ¿Cuáles son los límites de la solidaridad? Se trata de un debate que conocemos bien en España, con la derivada de la financiación autonómica en primer lugar; aunque, en realidad, forma parte de una corriente de opinión mucho más extendida a nivel mundial, que Christopher Lasch caracterizó a principios de los noventa como «la revuelta de las elites». Desde entonces, la desconexión entre ambas partes no ha hecho nada más que incrementarse. Para unos, los derechos adquiridos son inalienables; para otros, los deberes van primero. Para unos, las transferencias de capital constituyen el fundamento de la justicia social; para otros, esas mismas transferencias debilitan a las sociedades, al convertirlas en adictas del dinero ajeno. Aquéllos reclaman una sociedad más igualitaria; éstos, una que responda a los incentivos del esfuerzo y la responsabilidad. Los primeros hablan de la labor explotadora de los poderosos; los segundos, en cambio, anhelan un mundo integrado sólo por los moralmente irreprochables.

Estos relatos enfrentados nos recuerdan que la invitación demagógica a la frivolidad no es unívoca, sino que ofrece múltiples rostros. Dentro o fuera del euro, la agonía griega va a ser larga, aunque, sin duda, hace más frío –mucho más– fuera que dentro. Del mismo modo, a la Europa del euro le siguen esperando años de una relativa estagnación, incluso en el mejor de los supuestos. Pero hay que ser conscientes de que no existe un proyecto alternativo que valga la pena. Y creer lo contrario supondría un lamentable error. Si ahora se habla con admiración de Dinamarca –y lo hacen todos, a derecha e izquierda del espectro político español–, no debemos olvidar que los daneses no han empleado atajos para alcanzar su envidiable nivel de bienestar, sino que éste es el fruto de un esfuerzo compartido, generación tras generación, a lo largo de las décadas. En realidad, el ejemplo danés constituye la antítesis del griego. Y conviene preguntarse hacia dónde hay que mirar.

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