Cuaderno de bitácora

Pobres

12.07.2015 | 05:00

Los datos de la última Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), aportados por el INE, nos ofrecen el retrato de una España depauperada. Los ingresos medios anuales de un hogar se han reducido en un 2,3%, hasta los 26.154 euros. El porcentaje de población en riesgo de pobreza se ha incrementado hasta un 22,2%, lo que equivale a casi a una cuarta parte de la sociedad. Más elevada aún, entre los menores de 16 años, la tasa de riesgo de pobreza se sitúa en el 30,1%. Un 42,4% de hogares españoles no son capaces de afrontar gastos imprevistos –como sustituir una nevera averiada o comprarse un automóvil–, otro 45% no puede permitirse el lujo de disfrutar de una semana de vacaciones una vez año y un 10,2% se retrasa habitualmente en el pago de gastos básicos como la hipoteca, el alquiler del piso o los recibos de la luz y el agua.

Son datos que nos hablan de un país socialmente roto, a pesar de las garantías todavía notables que ofrece el Estado del Bienestar –una educación y sanidad gratuitas, un sistema público de pensiones y becas–; a pesar del repunte de la economía y del mercado de trabajo en negro. España cuenta con una serie de políticas sociales tremendamente generosas pero poco efectivas. Y una de las enormes paradojas de este país empobrecido pasa por reconocer que las clases media-alta y alta se benefician del Estado del Bienestar en mayor medida que los segmentos más humildes de la población.

La España que surge de la ECV aparece como un país segmentado en dos, cuyas dinámicas apuntan a una fragmentación aún mayor. El paro de larga duración, las tasas de abandono escolar, la dificultad de acceso a una vivienda digna, la ausencia de ahorro, el endeudamiento masivo, la falta de oportunidades resultan factores clave. La pobreza, diríamos, se reproduce a sí misma.

Hace ya más de una década, los estudios pioneros de la profesora Annette Lareau sobre la transmisión de patrones sociales incidían en el concepto de «capital cultural», para subrayar las ventajas ambientales que favorecen a los hijos de familias de clase media-alta: un mayor dominio lingüístico, más capacidad de autocontrol, una adecuada red de contactos y la habilidad de saber manejarse con soltura en el entorno institucional y laboral de nuestro tiempo. Los apuros económicos introducen muchos elementos de distorsión. Una familia que apenas llega a final de mes «se ve obligada a constreñir su horizonte mental de futuro», en una conocida expresión del sociólogo Dalton Conley. De hecho, difícilmente cabe pensar a largo plazo cuando la realidad inmediata resulta acuciante. Las personas de condición humilde no ahorran porque no pueden y, si pudieran, su enorme sacrificio apenas generaría rendimiento. Se ven obligadas a aceptar trabajos mal pagados y a tiempo parcial, en un mercado donde la competencia resulta feroz. Los horarios y la vida doméstica se resienten. Los modelos personales y familiares se rompen. Entre las características primordiales de la pobreza destacaría esa atmósfera estresada que empuja a tomar decisiones sistemáticamente erróneas. Por supuesto, el acceso a la información y la capacidad de analizarla no son idénticos entre las distintas clases sociales. Pero, sobre todo, prima el estrés o su correlato inverso, el escapismo.

Los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida nos emplazan en un contexto de creciente desigualdad. Se trata de una foto fija que, a su vez, ilustra tendencias y define dinámicas. Los movimientos antisistema se alimentan de este corrimiento de tierras, aunque sus propuestas devienen caducas e inoperantes. Lo más triste es que, en gran medida, se sabe cómo debe actuar el Estado para hacer frente a la pobreza. Se sabe que la etapa de cero a seis años resulta especialmente crítica y que, por tanto, la inversión en guarderías públicas de calidad, en escuelas de padres y bibliotecas públicas es fundamental.

Se sabe que hay que mejorar la formación profesional, tanto para los «ninis» como para los trabajadores. Se sabe que un complemento salarial para las rentas más bajas permite combatir la marginación de un modo más efectivo que subiendo el salario mínimo. Se sabe, en definitiva, que un mercado laboral más flexible y una economía menos intervenida favorecen la creación de lugares de trabajo. Todo esto se sabe pero no se hace. Quizás, sencillamente, porque no da votos.

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