Cartas al director

14.07.2015 | 05:00

El Demagogo, según Aristóteles, por Pedro Moreno Navarro

«En las democracias en las que gobierna la Ley, no hay demagogos». En los libros de Filosofía de 1º de Bachillerato se estudian los tipos de gobiernos más habituales desde la Antigüedad: la monarquía, la aristocracia y la democracia. La corrupción de la monarquía es la tiranía; la de la aristocracia es la oligarquía. La corrupción de las democracias es la demagogia.

En el Libro VI de la Política de Aristóteles puede leerse inquietantes paralelismos o coincidencias con los problemas de hoy en la misma tierra 2300 años después: «€ una quinta especie (de democracia)€ traslada la soberanía a la multitud, que reemplaza a la Ley. Esto se debe a la influencia de los demagogos. Esta democracia es a su género lo que la tiranía es respecto a la monarquía. En ambos casos encontramos los mismos vicios, la misma opresión de los ciudadanos de bien€».

«En las democracias en las que gobierna la Ley, no hay demagogos€ los demagogos sólo aparecen allí donde la ley ha perdido la soberanía€ y desde entonces los aduladores del pueblo tienen un gran partido. Los demagogos, para sustituir los derechos derivados de las leyes, someten todos los asuntos al pueblo€ de quien soberanamente disponen gracias a la confianza que saben inspirarle».

También el Libro VIII, hablando de las causas de las revoluciones, escribe: «En la democracia las revoluciones son fruto principalmente del carácter turbulento de los demagogos€ los demagogos con sus permanentes denuncias€ procuran arrastrar a la multitud hacia la sublevación». Aristóteles señala el hundimiento de la democracia en Heraclea, Megara y Cumas, sucediéndose exilios (¿evasión de divisas?), destierros y confiscaciones (¿nacionalizaciones?).

Más adelante, Aristóteles sentencia una conditio sine qua non, para la buena salud del Estado –una vez estudiadas las causas que lo arruinan–, esta condición es: «En todos los Estados bien constituidos esto es lo que debe observarse en primer lugar: no derogar ni en lo más mínimo la ley, y evitar escrupulosamente atentar contra ella€».

De no ser así el árbol crecerá torcido o no crecerá.

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