A divinis

Espiritualidad difusa y 'energías influyentes'

21.07.2015 | 05:00

Una reciente encuesta de Cambridge Monitor ha recogido las creencias de los «millennials» españoles, es decir, jóvenes nacidos en torno al año 2000, y con edades comprendidas entre 16 y 24 años. Desconocemos la precisión del sondeo, pero contiene un dato llamativo, a saber, que a la pregunta: «¿Crees en Dios?», las repuestas han sido: un 14 por ciento, «creo en Dios, en concreto el de la religión católica»; un 16, «creo que hay Dios, pero no el que representan las religiones»; un 29, «no existe dios en absoluto»; un 31, «no creo en Dios, pero sí en que hay energías que nos influyen», y el 10 por ciento restante señala «otras opciones».

Sería discutible equiparar el «creo en Dios» con el «creo que hay Dios» (recuérdese aquella afirmación de Bonhoeffer, aparentemente paradójica: «No existe un dios que exista», también formulada de otro modo: «Un dios que probara su existencia sería un ídolo»). Pero no vamos a detenernos en el dato fino, sino en el grosor de esas creencias en «energías que nos influyen» y en «el Dios no representado por las religiones». Ambas suman casi la mitad de las respuestas y podrían situarse bajo la etiqueta de una espiritualidad difusa y confusa. Dicho de otro modo, son mucho más claras y fiables las respuestas de los que dicen creer en el Dios cristiano (católico), o los que niegan «absolutamente» la existencia de un dios, y precisamente por esos dos matices tan señalados: «en absoluto» o el «Dios del cristianismo», que teológicamente es el mejor definido entre todas la religiones. En efecto, el teólogo Joseph Ratzinger, antes de ser papa Benedicto XVI, dedicó muchas páginas a razonar la condición del Dios cristiano como Dios absoluto. En consecuencia, y aunque parezca un juego de palabras, un buen ateo sólo puede ser ateo absoluto frente a un Dios absoluto. Si, además, los que en el sondeo niegan radicalmente la existencia de un dios se hubieran definido como «ateos católicos», «ateos judíos», «ateos musulmanes», etcétera, sus afirmaciones serían aún más iluminadoras, como es el caso del filósofo Gustavo Bueno, declarado «ateo católico». Visto desde otra perspectiva, negar la existencia de Dios puede ser una labor de «brocha gorda» –expresión del propio Bueno–, o una tarea que requiere gran precisión y claridad en los argumentos. Y, por supuesto, negar ese Dios católico, basado en ideas muy evolucionadas, es más difícil que negar una deidad indeterminada.

Pero lo más grave y menos coherente de todo es negar cierta existencia de Dios y afirmar al mismo tiempo lo de las «energías influyentes». Dicen que existe un «paradigma espiritual emergente», cuyas notas son «naturalista, evolutiva, ecológica, adogmática, experiencial» y basada en «el espíritu en la materia», lo que significa fundarse en una magnífica contradicción. Como decía Chesterton, «cuando se deja de creer en Dios, se acaba creyendo en cualquier cosa».

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