Tierra de nadie

Agua de mayo

24.07.2015 | 05:00

Treinta y siete millones de adúlteros juntos podrían formar un país grande. En realidad, hablamos de adúlteros y adúlteras. Significa que el genérico, una vez más, no llega. El genérico se está quedando en nada, de ahí que haya prosperado el asunto de los vascos y las vascas con todas sus secuelas antieconómicas. Los políticos, para curarse en salud, dicen los hombres y las hombras. Prefieren ser pillados en una aberración gramatical que en una incorrección política. La culpa, como decíamos, la tiene el genérico, pobre, que desde la visibilización de la mujer no alcanza a expresar lo que debería. Hace poco, en una charla sobre la infidelidad conyugal, al referirnos a los adúlteros, se entendía de forma errónea que nos referíamos a los hombres, aunque mentalmente incluyéramos también a las adúlteras. Queda señalado el problema, en fin.

Treinta y siete millones, decíamos. Resulta que un grupo de piratas informáticos ha penetrado en las intimidades de una web (Ashleymadison.com) dedicada a facilitar aventuras extraconyugales, accediendo a los datos de la cantidad señalada más arriba y que era tan solo (con perdón) la punta del iceberg. Los adúlteros (y adúlteras), uno a uno, producen una impresión de excepcionalidad que no tiene nada que ver con la vida. Es una lástima la ausencia de datos, pero leyendo noticias como la anterior, casi está uno por decidir que lo raro es la fidelidad. Apenas quedan cónyuges fieles o fielas. Nos preguntábamos en esa charla cómo abordan los adúlteros (y las adúlteras) las vacaciones familiares que implican una separación temporal de sus escarceos. Los matrimonios no suelen tomarse vacaciones de sí mismos (y así les va), por lo que los adúlteros y las adúlteras (él en Benidorm, por ejemplo, y ella en Lepe) han de buscarse la vida para mantenerse en contacto. Dada la cantidad de adúlteros (y adúlteras) que según la web mencionada existe en el mundo, el ciberespacio debe de estar lleno en estos instantes de mensajes de amor. Vivimos bajo un tejido invisible de wasaps apasionados que forman un paraguas radioeléctrico sobre nuestras cabezas. La pregunta es si influirán sobre nuestras mentes.

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