Tribuna

Cataluña desde Andalucía

24.07.2015 | 05:00

Debemos al nacionalismo catalán una imagen más bien negativa de Andalucía. En ocasiones ha caído en la tentación de considerarnos parte de la supuesta desgracia catalana de tener que tirar de España, la pesada carga que les impide progresar más rápidamente. Es más, el acceso de Andalucía a la autonomía rompió el esquema de la nueva Generalitat postfranquista de un nacionalismo exclusivo para las nacionalidades históricas republicanas.

Frente al congreso catalán de historia titulado «España contra Cataluña», avalado por Josep Fontana, en Málaga hubo otro que se tituló en cambio «Andalucía y España» y que muestra la distancia entre ambas comunidades y entre sus historiadores.

Para Juan Pablo Fusi, no ha sido una España prepotente y opresora la causante de la eclosión de nacionalismos «defensivos», sino al revés: fue la debilidad del Estado, la que hizo aflorar a aquellos como alternativa: los tres grandes movimientos secesionistas –1873 con los cantones, 1934 con la República Catalana y este de ahora– han coincidido con otras tantas quiebras del Estado español.

En estos meses es posible que Cataluña –y Barcelona– hayan perdido buena parte de la admiración que guardamos por su cultura, su progreso y su maltratado seny. Esta deriva independentista se hace especialmente sensible en el ámbito intelectual y universitario. Y sobre todo en la historia, tan influyente en los nacionalismos. Ganan fuerza así, frente a los que consideraban compatible la autonomía política con la solidaridad española de Cataluña, quienes desconfiaron que eso contribuía a un proceso de secesión. Una buena parte de la intelectualidad, y de la Universidad quedan así ahora como cómplices de la actitud adoptada por Josep Fontana o Salvador Giner, tan influyentes en el resto de España, y especialmente el primero entre los historiadores de algunas universidades andaluzas.

¿Estaremos ante un nuevo recodo de la historia, esos momentos que no acabamos de comprender, o mejor de aceptar, en los que se abren grietas por las que se cuela lo inconsistente frente a lo necesario, lo fácil frente a lo conveniente? ¿Habrá metido el nacionalismo a Cataluña en el camino equivocado, como en 1873, como en 1934, donde más que avanzar se precipitó la reacción y el retroceso?

Sostener la España democrática ahora –en medio de la más alta cifra de parados de la historia, con un gobierno débil y agresivo al mismo tiempo, con una economía precaria, con la política bajo mínimos, la corrupción incrustada en las columnas vertebrales de la democracia– parece ser una empresa menos atractiva que la de huir de ella y constituir la nación, otra nación con un horizonte luminoso.

Si quieren irse, si realmente fuese la voluntad mayoritaria de los catalanes, nada podemos hacer los andaluces y el resto de los españoles, al menos de quienes piensan en España como ámbito común y solidario de convivencia democrática. Lo malo es que, una vez más, el nacionalismo catalán no haya leído bien la historia –ese «España contra Cataluña»–, y termine por debilitar aun más la democracia para hacer el juego a quienes están siempre esperando a la vuelta del recodo para terminar con ella. Lo que ocurre es que uno tiene la sensación de que en el caso de que volviese a este país su maldición histórica del involucionismo, a Cataluña le iría de nuevo mejor que a Andalucía.

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