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Tierra, hombre, sociedad (II)

El hombre, como en Matrix o como en la caverna de Platón, vive creyendo que lo irreal y falso es la verdad

29.07.2015 | 10:49

Continuando con el reto que me puse en la primera parte de este artículo, publicada el día 23 de julio –demostrar el carácter totalitario de la relación que el hombre mantiene con la naturaleza–, hoy trataré el segundo de los requisitos que establecía Hanna Arendt para afirmar la existencia de un totalitarismo, a saber: el asesinato de la persona moral, mediante la organización del olvido a través de la desaparición de los testigos.

Esta desaparición–en el ámbito aludido– se produce debido a la ausencia de una prohibición tanto moral como legal sobre este tipo de violencia. Y la ausencia de prohibición engendra una paradoja: la violencia contra la biosfera es una violencia legal, al estar blindada por la ley la libertad de empresa y el derecho de propiedad. Esta protección jurídica, entonces, aunque proporciona al hombre inocencia formal por sus actos, no le libera de la responsabilidad moral frente a sí mismo y frente a las generaciones futuras, por la destrucción de la naturaleza.

Se produce entonces la extravagancia que el agresor de la biosfera –infractor de la ley natural– ocupa en el ordenamiento jurídico la posición de la víctima, si se le impide ejercer la violencia ecológica. En cuyo caso puede reclamar el amparo de los tribunales de justicia para ejercer esta violencia y violentar la naturaleza. Esta circunstancia impide la percepción de la violencia contra la naturaleza como una forma de violencia, quedando ésta velada o encubierta. Hay que considerar además la concurrencia de otras dos circunstancias: primera, la larga cadena de sujetos intervinientes en el proceso económico, impide relacionar las consecuencias de la actividad económica sobre la biosfera con los actos minúsculos e inocentes que realizan los operarios de las industrias o los consumidores con su consumo, como un suceso directamente producido por ellos; segunda, la tutela legal antes referida «hace posible un ejercicio pacífico de la violencia: pacífico por su forma, violento por su contenido», como decía Lenin. El exterminio de la naturaleza se localiza por tanto tras los bastidores de la actividad económica amparada por la ley. La cobertura jurídica, por tanto, disfraza dicha aniquilación en una suavizada explotación legítima, que hace aparecer esta violencia como civilizadora.

Las circunstancias descritas son las causantes del olvido de los testigos de esta violencia, no por la indiferencia o la desaparición física de los mismos, sino por la inexistencia de crimen alguno. Se recrea así una atmosfera moral similar a la que regía en los campos de concentración nazis, ya que esta cobertura legal confina al hombre dentro del ámbito económico, que queda convertido en un campo de concentración para éste, por la suspensión permanente de las leyes naturales que ocasiona la actividad económica y cuyo efecto es la separación del hombre la naturaleza. La figura del campo de concentración debe ser entendida –en este ámbito– como el espacio donde el estado de excepción se convierte en regla. Como el lugar donde cesa el dominio del derecho (ley natural) sobre lo viviente. Esta protección del ordenamiento jurídico garantiza la inocencia formal por dichos actos, de manera similar a como las leyes del III Reich garantizaban la inocencia respecto a los actos de exterminio de los grupos excluidos de la protección jurídica. Esta es la manera en que la inocencia formal que otorga la protección jurídica frente a la ley natural, produce la desaparición del testigo a que aludía Arendt en este ámbito. Ejemplo de esta organización del olvido es la casi total exclusión de la naturaleza de la ciudad, a través de la concepción de ambas existencias como realidades aisladas, donde la vida vive alienada y hace que el hombre perciba la biosfera como parte de algo artificial y de una existencia artificial.

El hombre, por tanto, como en la película Matrix o como en la caverna de Platón, vive creyendo que lo irreal y falso es la verdad. Niega que la naturaleza está siendo sustituida por una simulación (la ciudad), que es intuida como una naturaleza verdadera más eficaz que la original, totalmente segura y purificada de los azares y riesgos de la biosfera, sin advertir que la misma sólo es un espacio producido concebido para la «instauración de normas y la construcción de formas», para la arquitectura y el poder, donde la naturaleza es una pura exterioridad. Continuará... Hasta el próximo miércoles.

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