Tierra de nadie

El pánico

31.07.2015 | 05:00

Ignoro cómo está ahora mismo la industria de las cajas fuertes pequeñas. Hubo una época, hace años, en que las clases medias (había varias) vivían fascinadas por ellas. Cuando llegó la fiebre, todo el mundo se puso a revisar sus armarios empotrados en busca de un recoveco o meandro arquitectónico en el que disimularla. Un conocido de mis padres la puso debajo de la pila de la cocina y se le inundó arruinándole el pasaporte. La gente quería la caja fuerte para guardar el pasaporte, lo que da idea del valor simbólico que se otorgaba al documento. El pasaporte representaba la posibilidad de escapar de inmediato, ya, ahora mismo. Mucha gente pensaba que tener pasaporte equivalía en sí mismo a haber viajado, lo que venía a ser como confundir la palabra con el objeto, el menú con la comida o el territorio con el mapa.

También se guardaban unos miles de pesetas, para el billete de avión. Pasaron los años y la caja fuerte doméstica dejó de utilizarse y hasta se olvidó, permaneciendo en algún rincón de la vivienda como una burbuja de acero en cuyo interior yacía, yerto, un sueño. Los padres fallecieron, los hijos heredaron las casas y un día, persiguiendo a un ratón, tropezaron con la puertecita de acero en el fondo del armario.

–Mira lo que hay aquí, Julia.

–¿Qué hay?

Julia ignoraba que sus padres tenían una caja fuerte porque era el secreto mejor guardado del matrimonio. Ahora sueña con que en su interior haya millones de pesetas que en el Banco de España le cambiarán por euros. Se prueban varias combinaciones para abrirla: la fecha del nacimiento de los hijos, de la defunción de los abuelos, del comienzo de la II Guerra Mundial. Finalmente, hay que llamar a un cerrajero que cobra un ojo de la cara por desempotrarla. Dentro, los pasaportes caducados de papá y mamá, muy jóvenes, y veinte mil pesetas en billetes de mil. El zulo de Marjaliza es la versión patológica de la caja fuerte doméstica. Los bienes materiales que escondía en su interior eran pura filfa comparados con su valor simbólico. Pero esta gente no sabe nada de metáforas.

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